jueves, 20 de abril de 2017

Rubias de bote, rubias de versos

...y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
el viento mueve, esparce y desordena
por el hermoso cuello blanco, enhiesto...
Mi abuela jamás se hubiera hecho la rubia, como aconseja hacerse Cristina Cifuentes, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, cuando estás entre hombres. Porque a ella se le puso el pelo blanco muy pronto, cuando perdió a su marido, con sólo 22, años y tuvo que hacerse cargo de su casa y de sus hijos, sola. La imagen que tengo de ella, y los testimonios de su época juvenil, aportados por sus hermanas, hablan de una mujer muy guapa; pero no atendió a ninguno de los pretendientes que la cortejaron, ya viuda y nunca se tiñó. Lució hasta su muerte un precioso pelo plateado que le daba un aura de insobornable Penélope. Tampoco quiero yo convertir a mi abuela en la medida de todas las rubias. No alardeó tampoco de inteligencia, pese a poseerla y grande, pero no iba con su carácter hacerse la tonta. Recuerdo sus zapatos, en los que sobresalía la huella de algún juanete, pero de prudentísimo tacón bajo. Hubiera considerado una estupidez la afirmación de Cifuentes de que no hay reunión sin tacón. Pese a que asistió a multitud de ellas. Desde las reuniones de la Comunidad de regantes de la acequia del Cadí, hasta los trisagios parroquiales. De los que se fue alejando, poco a poco, cuando llegó a mi pueblo un cura progresista que dedicaba parte del sermón dominical a hablar de política. Como tantas otras mujeres de mi familia, pasó, entonces a relacionarse con Dios, sin intermediarios. Tampoco quiero convertir a mi abuela en la medida de todas las mujeres inteligentes que jamás consintieron en hacerse las tontas para obtener los beneficios que el patriarcado, generoso, concede a las mujeres sumisas. Ella fue una mujer con mando en plaza que, cuando tuvo que dirigir su familia, lo hizo siguiendo los modelos patriarcales masculinos, demostrando que, en cuanto a capacidad y disposición, las diferencias entre hombre y mujer, se reducían a "la pequeña diferencia fisiológica", que no es tan pequeña, desde luego, y que ha supuesto consecuencias considerables a los largo de la historia de la especie. Sin embargo, veo en Cifuentes algo de mi abuela. Pero adaptada a los tiempos presentes. Cifuentes es una feminista inteligente y astuta. Compite con los hombres con las armas de igualdad que le ha suministrado la lucha feminista y el tesón de mujeres, como mi abuela que, aun no siendo feministas, demostraron que, en cuanto a capacidad, no hay diferencias. Y, leninista en el fondo, Cifuentes, se aprovecha de las pocas ventajas de la situación de la mujer en el patriarcado. Igual que Lenin aprovechó para su revolución alguna cosa buena de la burguesía, su enemiga. Cifuentes se hace la rubia o se hace la tonta, como otras políticas de su partido, cuando le conviene. Pero, como mi abuela le dio las espaldas al cura, ella, con mucha inteligencia, intenta darles la espalda a los gurús enlodados de su partido, denunciando la corrupción. Para relacionarse directamente con el único dios verdadero que conoce: el poder.

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