jueves, 8 de diciembre de 2016

La ley de la buena educación


Automóvil de la marca Peugeot
Me interesa la Iglesia tanto como la Peugeot y otras asociaciones y corporaciones de negocio y poder. No hablo aquí de la creencia, porque cada uno nos lo montamos como podemos, atados a una o a otra fe o hobby, para soportar eso de haber nacido para la muerte. Pero la Iglesia Católica sí me interesa porque desde que yo era pequeño tuvo un proyecto de vida para mí, mucho antes de que yo tuviera un proyecto de vida para ella. No es que yo haya salido especialmente herido por el trato con esa institución; sobreviví, pese a que la Iglesia sabía a qué películas tenía que ir, a qué distancia debería bailar de mi pareja, cuándo ayunar o cuándo tocar la flauta del sexo, casualmente, sin partitura ni estudios de solfeo. Le debo, desde luego, como tantos otros jóvenes, desde la Edad Media, el haber estudiado. Porque, cuando me suspendieron el Examen de Ingreso en el Padre Suárez, por no saberme el Credo, mi padre me puso interno con los dominicos y no tuve más remedio que estudiar y, observar con sorpresa, y sin Paolo Collejo alguno que me guiara, las curiosas evoluciones de mi cuerpo y de alguno de sus adminiculos multifuncionales. Ahora miro con curiosidad cómo la sociedad se ha paganizado, mientras que todos fingimos creer que la Iglesia aún conserva el poder de antes. Una de las asignaturas que habría que estudiar en Secundaria, obligatoriamente, debería ser la historia de las religiones; si no, ¿cómo se entiende el mundo? No estaría mal explicar en clase que la Iglesia española piensa todavía que la educación es una cosa suya que ha tenido que ceder al Estado porque, tras la generalización de la enseñanza, no tiene posibles para llevarla toda ella. Su alianza con los golpistas del 18 de julio del 36 le permitió recuperar el terreno perdido durante la República y volver a controlar la educación de los jóvenes. Y no se resigna a entregar la pieza. El problema de la escuela no debe ser ya si dar o no, religión. El reto es cómo orientar a los estudiantes en un mundo atiborrado de información. Todo está en la Wikipedia, y cada vez mejor explicado. El desafío consiste en preparar profesores que hagan de filtro de calidad de esa información invasiva y casi ilimitada que les llega a los jóvenes. Y luego, clases de urbanidad para los mayores. Para evitar, dentro de lo posible, comportamientos como el de un padre -lo ha contado Coco Vida en su espléndido blog http://coco-cocovida.blogspot.com.es/- que respondió así a sus hijo de tres años que le preguntó extrañado por un hombre manco que pedía a la puerta de la tienda de juguetes: "Ese hombre está así por malo, porque cuando era chico pedía muchos juguetes y muchos caprichos y por eso está castigado a estar así para siempre". A veces pienso que los que están necesitando una severa Ley de Educación, no son los niños, sino bastantes padres desorientados.

6 comentarios:

  1. E irrepetible. Gracias, Mark de Zabaleta. Un saludo cordial

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  2. Magnífico artículo. Muy bien Pablo!!

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    1. Gracias, Jorge, eres muy amable. Un saludo cordial

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  3. Hale! Pues a ver si te escuchan todos esos energumenos.
    Un abrazo

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