jueves, 13 de octubre de 2016

Bragas

Los Celtas
La relación del ser humano con la ropa es muy variada. Yo la odio, sobre todo cuando me toca plancharla; las camisas de lino o de algodón se arrugan nada más ponértelas y, ¡hala!, a plancharlas de nuevo. Me imagino que la relación del guerrero celta con su recia y protectora braga era mucho más positiva. La palabra braga viene del celta, ‘braka’: pantalón del guerrero. Esto lo tuve que explicar cuando daba clases prácticas de Gramática histórica del español. El catedrático  que impartía la asignatura me mandaba a todos los alumnos que le preguntaban por el origen de una palabra. En aquella temporada,  llovieron muchas bragas sobre mi indocta cabeza, porque los estudiantes se interesaban por la etimología de ‘vagina’, ‘pene’ y ‘bragas’. Entonces averigüé que en el español de América las bragas reciben otros nombres. No sé por qué la gente comenzó a utilizar en España el diminutivo ´braguita´ -´hilo dental´, en Latinoamérica- para referirse a la sucinta braga actual; quizá ocurrió cuando la voz  ´tanga´, de origen tupí comenzó a competir con el término ´braga´. Las bragas de los 60 eran de cuello alto y más de algodón que de otra tela y los chicos las conocían sobre todo por atisbarlas en los tendederos.  Al que vi en buena sintonía con su ropa de abrigo, en la exposición de momias del Parque de las Ciencias, fue al <<hombre de del hielo>>,  un cazador de hace 5000 años, al que encontraron congelado en Ötzi, una localidad alpina. El hombre iba muy abrigado. Levaba mochila y un chaleco precioso de pieles del que se han hecho multitud de copias a lo largo de la historia y no todas chinas o coreanas. Un hipster de las montañas, asesinado posiblemente por un cazador de una tribu vecina. Nadie me preguntó, cuando yo era etimólogo de guardia en la Facultad de Letras por la palabra ´calzoncillo´. De lo que deduje que todas las bragas gustan a todos los hombres pero que no todos los calzoncillos gustan a todas las mujeres. Es más, que a las mujeres los calzoncillos les importan un pito, ¡para qué nos vamos a engañar! Y si los hombres reparan en las bragas es porque son la última veladura antes del big bang. Algunos autores, cuando quieren aparecer como sensuales de la muerte, le dan cierta importancia a la lencería de señora. Miren esta greguería de Ramón Gómez de la Serna: “Nunca son más suaves los senos y nunca se vierten más fuera, más que si estuviesen desnudos, que bajo un mantón de crespón”. ¡Exagerado! O esta otra de Paolo Collejo, la versión cenera de Paolo Coelho:”La lencería es el cristal ahumado por el que miro el sol de tu cuerpo, en sus eclipses". ¡Mentira!, la lencería no es cosa de hombres. La cara que ponen los hombres cuando ven a una mujer desnuda, lo dice bien  claro. La lencería, y San Valentín, es cosa del Corte Inglés que ha manipulado a la mujer para que la compre... Siempre al servicio del heteropatriarcado.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Mark de Zabaleta, estoy muy agradecido a su generosa consideración. Un saludo cordial

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  2. Como siempre, amigo Pablo, muy acertado y llena de humor tu reflexion.
    Un abrazo

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  3. Gracias, Igoa, me gusta mucho haberte divertido. Un abrazo.

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