miércoles, 14 de septiembre de 2016

La CUP juega a los cromos

Antes del descubrimiento de la escritura, los reyes solían comparecer ante su pueblo para explicar sus decisiones. Dictaban leyes de viva voz, juzgaban a sus súbditos según esas leyes no escritas, decidían sobre la vida y la muerte de los hombres y mandaban degollar a los que se saltaban sus mandatos. Pero todo tenía que pasar en su presencia. No había piedras de Rosetta. Ni códigos de Hammurabi en los parlanchines tiempos de la oralidad, sólo la voz del rey y su recuerdo en la memoria de las gentes. Un “lo ha dicho el Rey “, solía bastar para dirimir conflictos y para que sus subordinados ejercieran la autoridad en su nombre, pero, al final, el rey tenía que aparecer, no en efigie, no en cuadro o pintura, en persona para constatar que se cumplían sus órdenes. Las tablas de la ley y los decretos vinieron después. Cuando se hubo inventado la escritura. Fue entonces cuando un listillo, atlético y con autoridad entre su gente, se subió a lo más alto de un cerro, un día de niebla, llevó con él un saco de dormir, un pellejo con agua, algo de pan y un trozo de cecina de cordero y se pasó unas noches desaparecido, después de amenazar con castigos tremendos a los que se atrevieran a seguirlo para meter sus narices en las brumas del misterio. A los pocos días, bajó de la montaña con unas piedras escritas y asegurando que aquellas cuatro letras toscamente esculpidas en el granito eran las leyes inmutables caligrafiadas en su presencia por el mismo Dios. Ahí comenzó la gran estafa, la tremenda sustitución de los dioses y de los reyes por escribas avispados, con dotes de escaladores, que aseguraban ser los propietarios del copyright de lo invisible. La escritura, y también las imágenes de las cuevas prehistóricas,  hicieron innecesaria la presencia de los dioses y de los reyes para ejercer su autoridad, sustituidos por pendolistas y dibujantes. Desde entonces, ni los dioses ni los reyes tienen por qué personarse cuando los invocan o los reclaman, para adorarlos a para abrasarlos. Parece que militantes de la CUP se tuvieron que contentar con quemar fotos de Felipe VI en la manifestación de la última Diada. Después amenazaron con seguir quemando imágenes del rey si “Madrid” se empecina en perseguir penalmente a los pirómanos. Incluso, según cantaron algunos en la manifestación, si Felipe VI  va por Barcelona, podría jugarse la cabeza. Es una manera infantil de echar balones fuera. El enemigo es Puigdemont, representante de la burguesía más rocosa y aprovechada de este reino. Lo tienen al lado, pactan con él, quizá le den fuego para que encienda un cigarrillo, si es que fuma. Pero quemar, quemar, sólo queman los cromos de “Madrid”. ¡Me cachis!

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