viernes, 5 de agosto de 2016

Sartre y el salmorejo

Sartre


HASTA ayer por la mañana, pensaba que el filósofo francés Sartre no lleva razón del todo cuando dice que el ser humano, al elegir, elige para sí y para toda la humanidad. Desde luego yo no quiero que toda la humanidad se comporte como yo. Es más, no podría soportarlo. De hecho, en cuanto noto que alguien me mira como si hubiera encontrado a un líder al que seguir, al que imitar, al que obedecer, me pongo muy nervioso y hago alguna barrabasada, para decepcionarlo y que se busque otro líder carismático. Soy un individualista, creo, patológico, muy avaro de mi tiempo. Bueno, eso es lo que yo creo o imagino que soy o lo que me gustaría ser. Luego, ¡vaya usted a saber lo que realmente es uno! Verán ustedes que estas reflexiones mías, con dos o tres ventiladores aireándome el cuerpo, miradas con atención, e incluso, con compasión, no pueden interesar a nadie. Pero es que Sartre me desconcierta mucho. Incluso cuando dice que el infierno son los demás. Porque yo, aquí en mi cuarto de trabajo, con 31º de temperatura, pienso, más bien, que el infierno no son los otros, que el infierno es esta habitación tan caldeada que no me deja pensar ni hilvanar nada sensato.
Disentí de Sartre, como digo, hasta ayer por la mañana, porque en la frutería, mientras esperaba a que me pusieran unas cebolletas para un sofrito, vi como una mujer hermosa, grande, pero muy bien proporcionada, de unos 35 años, procesionaba por el local balanceándose con la altanería estudiada de un John Wayne de la belleza. Nada que ver con la Beatriz de Dante que procesionaba junto al río Arno, benignamente de humildad vestida. Y mientras iba llenando su bolsa con zanahorias, tomates y ajos, nos explicaba cómo hace ella el salmorejo en su robot de cocina, en su Thermomix. Desgranó la lista de ingredientes y los pasos que hay que seguir para su elaboración. Nada sartreano hasta el momento. Pero cuando nos informó en voz alta, a toda la comunidad de clientes reunidos en torno a la riqueza vegetal de las cajas y expositores, de que ella no usa pan para hacer esta salsa y que lo ha sustituido por 250 gramos de zanahorias, por cada kilo de tomates, porque engorda mucho menos, y que además le sale finísimo, como un salmorejo de caramelo, aterciopelado, como si fuera la crema pastelera de los tomates, me doy cuenta de que está proponiendo un cambio copernicano en la elaboración del salmorejo cordobés. Y cuando afirmó que así tendría que hacerlo todo el mundo, no tuve más remedio que admitir que Sartre tenía más razón que un Santo Tomás de Aquino, que según mi catedrático de Filosofía de la carrera, don Jacinto Peñalver, fue el primer existencialista de la historia del pensamiento occidental.

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