jueves, 18 de agosto de 2016

Federico García Lorca, en la penumbra

Así, no
LA noche del 25 de agosto de 1994, tuve la suerte de asistir a la celebración del cincuentenario de la Liberación de París. Organizaron los parisinos una fiesta en la que los únicos que se mostraban alegres eran los viejos ex-combatientes americanos que habían venido con sus nietos a celebrar su participación en aquel acontecimiento y algunos republicanos españoles, de los que entraron en la ciudad a bordo de los tanques de la División del general Leclerc. Una procesión de actores profesionales bajó desde la plaza de Denfert-Rochereau hasta la del Hôtel de Ville, escenificando los últimos días de la ocupación alemana. Los malos formaban, según se podía leer en el programa de mano, el ejército de las sombras -¿los alemanes, los colaboracionistas franceses?-, y eran derrotados por los buenos, el ejército de la luz -¿la resistencia, el buen pueblo de Francia?-. Los organizadores -cincuenta años después-, no podían llamar a las cosas por su nombre: no se atrevieron a ponerle a cada facción sus uniformes y a declarar paladinamente que gran parte de la población de París se cruzó de brazos ante la ocupación nazi. Pero los historiadores aprovecharon la ocasión para avanzar en el estudio de las causas de la colaboración de muchos franceses con Hitler. 

80 años después de la muerte de Lorca, Ian Gibson, el hombre que más sabe de eso, declara que todavía no se conocen las circunstancias de su muerte. Y que sería, en su opinión, más interesante conocerlas que saber dónde está enterrado el poeta. Todavía no se ha hecho toda la luz en este triste asunto. El homenaje que todos los años se le dedica en Alfacar al poeta asesinado y a los miles de granadinos fusilados en la Guerra Civil, tendría que ir acompañado de una investigación objetiva y concienzuda que esclareciese definitivamente las causas de aquella matanza y las secuelas que ha dejado en la ciudad. Sin miedo, con rigor, como hicieron en 1994 multitud de historiadores e investigadores franceses, al margen de los caramelizados actos oficiales. Liberemos a Lorca, a sus compañeros de suplicio, y a Granada, del ejército de las sombras que todavía los tiene secuestrados. 


Hay antropólogos diletantes que nos cuelgan el sambenito de la malafollá como propio de nuestra idiosincrasia, pero pocos reflexionan sobre si el mal carácter que mostramos, a veces, tiene algo que ver con esos problemas del pasado, enterrados y no resueltos. Si Granada aclarase, no quiénes integraban el ejército de la luz y el de las sombras en 1936, sino por qué la obra de su poeta está llena de expresiones de miedo y de cautela, se habría adelantado bastante. Saber si Federico se vería obligado, hoy, a escribir este sobrecogedor verso de uno de sus Sonetos del Amor Oscuro: "¡Mira que nos acechan todavía!"

2 comentarios:

  1. Las acechanzas se convierten en asechanzas cuando gana el que está al acecho.

    Gracias y saludos.

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