jueves, 14 de julio de 2016

Parada biológica

Cardumen
CUANDO la temperatura en Granada llega a los 40 grados, no se me ocurre nada de qué escribir. Debería entonces entrar en parada biológica, tomarme un mes de descanso e intentarlo de nuevo en setiembre. Sí yo, que voy mucho de escuchar a la gente, hubiera tomado nota de lo que me dijo hace una semana un viejo pescador de El Palo de Málaga, mirando al mar, sentados en un banco del paseo marítimo, a la sombra de un árbol y refrescados por un suave levante, no me vería ahora en esta tesitura. 

El marinero, de cara surcada por profundas arrugas que, incomprensiblemente para mí que tengo barba, estaban perfectamente rasuradas, me contaba cómo se habían cargado la pesca en la bahía de Málaga por no practicar los dos meses de "veda" que sí respetan en Huelva y Cádiz, donde todavía se puede pescar con provecho. Ni las sardinas de los espetos ni las gambas ni los langostinos que consumen los malagueños y los turistas proceden de la bahía, otrora fértil. A mí, quizá, me vuelvan las ideas, si es que alguna vez las tuve, después de una pausa. Pero mientras vuelven o no vuelven, pensé seguir el consejo de un amigo de la nube: "Cuando uno no tiene nada que decir, lo mejor es decirlo con las palabras más pulidas". Estaba redactando, para salir del paso, una columna insustancial y muy pulida sobre las metáforas frutales, a partir de las variedades de tomates conocidas como "huevo de toro" y "corazón de buey", cuando cayó en mis manos la última obra del pensador esloveno Slovoj Zizek, La nueva lucha de clases, que me ayudó a comprender lo que me estaba pasando y a superarlo. 

Simplemente estaba pasando por las cinco fases por las que pasa el enfermo al que comunican que sufre una enfermedad terminal: lo primero, como el enfermo sentenciado, negué el hecho: "esto no me puede estar pasando a mí que normalmente no tengo problemas para escribir mi columna" (1). Después, me atrapó un cabreo enorme y me dije: "¡coño!, ¿por qué me pasa a mí y no al puñetero de Pérez-Reverte?" (2). Inmediatamente, nació en mí la esperanza de poder redactar las 2.400 palabras de mi columna (3). Pero al constatar, siete horas después, que la pantalla del ordenador seguía en blanco, experimenté una cierta depresión y me dije: "¿para qué preocuparme si nunca volveré a escribir?" (4). Acepto lo que me pasa (5). Una cierta tranquilidad me envolvió entonces y comencé a imaginar a qué dedicaría mi tiempo libre. Y una luz brilló al final del túnel: me dedicaría a lo que más me gusta: practicar con todos mis proveedores, desde mi ferretero, Antonio, hasta la acogedora y protectora droguera de La Zubia, un benevolente populismo de escuchar y asentir, que tan buenos resultados me da a la hora de obtener los productos que necesito para mantener mi territorio más o menos aseado y guarnecido. "¡Más se perdió en Cuba!", me dije entonces.


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