jueves, 14 de enero de 2016

Niños como pancartas


Bebé pancarta
Ayer, una diputada de Podemos se llevó a su hijo de 6 meses al Congreso.  No está bien que los políticos besen a los niños en campaña ni que los utilicen como pancartas en Parlamento. A los niños hay que alimentarlos, asearlos, decirles, con frecuencia, que no -que en eso consiste la educación- y que sí, cuando convenga; quererlos, no alejarlos de uno y procurar hacerles la vida fácil. Los niños lo aguantan casi todo, poseen una capacidad grande de adaptación a las situaciones adversas: resiliencia, le llaman. Superan, no sin heridas, la separación de sus padres, la pérdida de alguno de ellos, la desconsideración, el acoso, la escasez. Se adaptan y tiran para adelante. Pero tampoco conviene tensar la cuerda. Ponerlos en situaciones peligrosas o inconvenientes, sin necesidad. Se divierten y estresan si los padres los llevan a programas de televisión, casi pederásticos, en los que se les obligan a cantar y a bailar como Beyoncé. Se adaptan a vestirse por primera vez de novias, las niñas, para las primeras comuniones, mientras que madres y padres, que se entrampan para comprarles los trajes y pagar el convite, utilizan las iglesias y los restaurantes como pasarelas de su progreso social.  Pero los niños pueden llegar a afectarse cuando adviertan que se les quiere también como estandartes de lo que en el imaginario colectivo se entiende como familia. Todo el mundo cede para fingir armonía y se muestra melosocon los pequeños en público. Cariño, amor, cielo, son palabras con las que se carameliza a los niños en esos momentos. En el colegio, los padres lucharán hasta la extenuación para que sus hijos no aprendan nada, justificando sus incompetencias y su pereza. Serán capaces de desautorizar a los profesores delante de los niños, desactivando las pocas ganas de trabajar o de superarse que tengan los chicos, con tal de sentirse ciudadanos de primera, contribuyentes responsables, cantándole las cuarenta a los funcionarios. Lo peor es cuando estas actitudes, que no son más que manifestaciones enfermizas de nuestro tiempo, ya que ejemplifican la renuncia a enseñarles a las generaciones de los jóvenes las habilidades mínimas para que se muevan cómodamente  en sociedad, se dan como necesarias para defender un bien superior. Cuando los niños son utilizados como pancartas, en el Parlamento donde deberían bastar las palabras. Permitiendo que la cara de un niño de seis meses sea conocida por todo el mundo, poniendo en peligro al crío. Un niño no es un folio que se exhibe desde el estrado con una máxima o una consigna. Seguro que nadie le ha pedido permiso. Nos quejamos de los que consideran a las mujeres cosas, objetos de su propiedad. No les demos a los niños de pecho el mismo trato.

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