jueves, 3 de julio de 2014

Reading is sexy

HA tenido enorme éxito un vídeo colgado en la red en el que aparecen unas chicas leyendo. En algún momento de la lectura, muestran una alteración extraordinaria del alma y, ¿por qué no decirlo?, también del cuerpo. Luego nos enteramos de que se trata de un experimento sociológico: fuera de plano, alguien acciona un consolador, para que las chicas obtengan gozo al tiempo que leen. Sólo les falta comerse un huevo kínder relleno de leche condensada, al mismo tiempo, para que el placer sea completo. La nota explicativa que acompaña al vídeo nos informa de que "las chicas participaron voluntariamente en este proyecto de excitación a la lectura". Si lo hubieran hecho forzadas sería un delito... También debe ser muy placentero el experimento que ciertas madres practican con sus hijos a los que dan de mamar hasta los siete años, llevan pegados al cuerpo con fajas, no les ponen pañales para que esparzan sus gracias libremente o los meten en la cama de los padres hasta los 10 años. Provocarles gozo a las chicas con un consolador mientras que leen, es una manera de que no entiendan a Hegel. El único orgasmo que yo bendeciría sería aquel que les ocurriera a causa de la lectura. Yo a veces he alcanzado el clímax leyendo la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino. Pero no tiene mérito, soy un caso precoz de eyaculación lectora. Mi abuela nos filtraba las llamadas telefónicas de las niñas que querían que les contásemos los argumentos de los libros que leíamos; desde la terraza dirigía nuestra vida sentimental, vigilando con quién se paseaban sus nietos o a quién embarcaban en el tranvía de la Sierra camino de la felicidad prohibida que suministraba el anonimato de la capital. Y, para que no nos manipularan el cuerpo mientras leíamos seres, u objetos, ajenos al hecho lector, distrayéndonos, se apostaba a nuestras espaldas. Así leímos a Cervantes, para luego recitárselo a las chicas de Cenes, por ver si nos abrían sus corazones sellados por los candados de la castidad y de la desconfianza. Pero obtuvimos el mismo éxito que el poeta Ronsard con su Soneto para Elena: ninguno. Hay en el imaginario colectivo la idea de que algunas mujeres gustan de las poesías; pero eso será, cuando casadas, si los maridos insisten en ingresar en ellas, fuera de programa. Los poemas son dilatorios, como los claveles y las velas. Pero en época de buscar el mejor macho, a ninguna de éstas se le ocurre ceder por una quintilla.

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