jueves, 15 de mayo de 2014

La pasarela de la muerte

Crimen de El Caso
EN la línea de aprovecharse de los muertos, tan habitual en la vida pública española (víctimas de ETA, las del 11-M, las del accidente del Yakovlev…), el cadáver de Isabel Carrasco está siendo enarbolado por unos y por otros en su provecho. Pero se trata de una muerte habitual en España, una muerte de pobre, de rencores, de celos, de traiciones, de venganzas... Hay gente acomodada que mata limpiamente, en privado, a distancia, por encargo; con tanto primor como si el crimen fuera una escaramuza familiar sustituible por cualquier otro movimiento de piezas. Pero las muertes de pobre son coléricas, artesanales y diurnas. Muertes-espectáculo, como la de Isabel Carrasco, ejecutada en una pasarela fluvial que, si fuéramos sensatos, sólo tendría cabida en la sección de sucesos. Aquí en Granada, en los 80, Dolores asesinó a su marido Antonio con un hacha. Lo remató con una escopeta y mandó a los hijos a tirar petardos a la calle, no se sabe muy bien si para ocultar el crimen o para pregonarlo. Por lo que vamos conociendo, el crimen de León es más de El Caso que de las tertulias políticas. Y sin embargo, en las redes y en los medios tradicionales, unos culpabilizan a la propia víctima de su muerte, por lo mala que era, y otros, a la tensión que está creando el progresivo enfado de la población con los políticos. Los que intentan sacar provecho de este crimen tendrían que hacerse estas preguntas: ¿Estamos a favor de la pena de muerte? Y si es así, ¿el verdugo será nombrado por sorteo de entre las madres con una hija ingeniera en parol? ¿Entramos todos los mayores de edad en el sorteo? ¿Se convoca un referéndum para restaurar la pena capital o podemos empezar ya a matar a los que nos molesten? ¿Hay que acabar con todos los imputados en delitos de corrupción o sólo con los del partido adversario? ¿Será condición sine qua non para matar a un sospechoso de corrupción que una semana antes de la ejecución haya habido un desahucio? A partir de ahora, cuando una persona se suicide, ¿se condenará a cualquiera que haya tenido relación o conflicto con el suicida? ¿Hay alternativa a la pena de muerte? ¿No bastaría con crearles un clima social irrespirable a los políticos sin recurrir a las ejecuciones públicas? Se lo podríamos hacer saber el día de las elecciones, no votando nadie. Y que no les quede otra salida, como a los procuradores franquistas que hacerse el harakiri. Y abrir un proceso cosntitucional.

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