jueves, 17 de octubre de 2013

La inutilidad de los tribunos

A los que escribimos en los periódicos, nos gusta desmenuzar las causas de la miseria presente. Denunciar, regañar,  pero dar pocas -o ninguna- soluciones. Aparecer por encima de los acontecimientos. Señalar los vicios de unos y otros y escatimar a la hora de concederles  alguna virtud o mérito. Nos resulta fácil; los medios traen todos los días material suficiente con el que incendiar un folio de denuncias y advertencias. Utilizamos la denuncia como exorcismo. Regañamos para que no nos regañen. Al señalar el mal, parece como si nos sumergiéramos en las aguas purificadoras de la verdad y nos invistiéramos con el alba luminosa de la razón y el sentido común. También hay que comprendernos. Sabemos que, entre todos, hemos dejado el lenguaje –nuestra herramienta de trabajo-  hecho unos zorros, en el basurero. Hasta el punto de que, hoy en día, la única forma que va quedando de hablar en serio es hacerlo en broma. Una cruz para todos aquellos que aspiramos a hablar en serio;  a oponer al lenguaje de la mentira,  el de la verdad;  al de la banalidad, el de las esencias; a la frase estúpida de la publicidad, la sabiduría medular del aforismo. Hemos llegado tarde; pero seguimos, como los tribunos ilustrados de la Revolución francesa, caminando con nuestra antorcha encendida y señalándole al pueblo el camino del progreso y de la felicidad terrenal.  Sin mirar para atrás; si lo hiciéramos, veríamos que tenemos tan poco público como las ruedas de prensa oficiales. El tribuno ilustrado copió casi todo del sacerdote. Inventó nuevos dioses, prometió lo que no podía cumplir, ofició el rito de la verdad y de la razón en todos los nuevos altares. Denunció la superstición y la sustituyó por la ilusión del progreso hacia un mundo habitable, sin el concurso de la magia. Hubo un tiempo en el que mucha gente asistió a sus misas laicas. Hoy, llena la calle de espectáculo y la alucinación, los tribunos seguimos predicando como si no hubiera pasado nada, como si no fuéramos parte del experimento, como si en el desolado panorama presente, pudiéramos construir algo con los materiales derruidos de los antiguos templos. Seguimos creyendo que a la locura del poder hay que oponer el correctivo de la transparencia; que, el que todos conozcan la maldad y la insania de los que mandan,  gracias a nuestras denuncias, los hará honestos y benéficos. Hemos terminado parasitando, no al poder y sus dueños, sino a unos fantasmas dedicados a asustarnos con sus estupideces, mientras todo se decide lejos de ellos y de nosotros, sus inútiles vigilantes.
Artículo publicado en:  GRANADA HOY

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