jueves, 3 de octubre de 2013

Como yo digo

YA se maliciaba Sócrates que la escritura podía tener efectos colaterales perversos. Uno de ellos, arrasar con la rica oralidad que durante milenios sirvió de cauce para la transmisión de la información y del conocimiento. La 'nube oral', como el internet, era una espléndida base de datos a disposición del que quisiera o pudiera bajárselos. Los usuarios de la oralidad cortaban y copiaban con la misma diligencia que lo hacen hoy los estudiantes que se bajan del portal Wikillerato el resumen de la Historia de Grisel y Mirabella o de cualquier otra novela sentimental del siglo XV. Luego se lo llevan a sus profesores y lo firman con su nombre y dos apellidos, como si el resumen fuera suyo. 

La escritura instauró el principio de autoría, dificultó el plagio, y potenció el valor de la originalidad. Pero internet nos ha devuelto, paradójicamente, a comportamientos de la cultura oral. En la provincia de Córdoba las mujeres solían utilizar delante o detrás de refranes de uso habitual la expresión "como yo digo". Mi casera la usaba siempre: "Más vale pájaro en mano que ciento volando, como yo digo", sentenciaba. Daban ganas de añadir:"como usted dice y millones de hablantes que usan el mismo refrán aquí y en Latinoamérica". En la película argentina "El viento", el protagonista Luppi, que viene del campo a la ciudad, repite detrás de cada refrán: "como digo yo". Todavía no sé qué explicación tiene este hecho. He imaginado varias. Quizá lo que el hablante quiere decir es que del material del 'titularidad pública' que la oralidad pone a su disposición -material anónimo acumulado a lo largo de los siglos-, él ha hecho suyo ese segmento de sabiduría popular que nos habla de agarrar lo posible y no soñar con los volandero. Yo podría coronar el fragmento de oralidad que voy a transcribir ahora, con un "como yo digo", de la misma manera que en mi blog, a veces, utilizo ideas de otros, como si fueran mías. 

Pero, la conversación que oí el día de la Patrona, entre una madre y una hija, mientras que esperábamos el paso del trono, es de tanta calidad antropológica que nadie creería que es de mi cosecha. Esto oí: una chica le decía a su madre: "¡Mamaaaaa, m'acomprao unoh leguih, unoh leguih m'acomprao, mama, unoh leguih de bonicoh, mama!". Y la madre le pregunta: "¿qué marca?". A lo que la chiquilla contesta: "Mama, marca tooo el coño, tooo el coño marca, mama". El sucedido puede servir de pórtico a un documentado ensayo sobre los comportamientos adolescentes en la metrópoli tardo-moderna.

1 comentario:

  1. Como muy bien dice usted. Y eso no lo digo yo, lo sabe todo el mundo.

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