jueves, 31 de octubre de 2013

Coquetería femenina

La procesión de la juez
Cuando la juez Alaya procesiona  hacia su juzgado entran ganas de decirle, con Almudena Grandes, que “una madre de familia, con un empleo exigente, cuyo rostro jamás revela el menor signo de cansancio físico a las ocho de la mañana, o no es humana, o no es de fiar”. Casi lo mismo que le diría su confesor. Para feministas y católicas,  la coquetería femenina es  un “pecado”. “Ten cuidado, hija mía con ese pretendiente”, advierten progres y conservadoras a sus hijas, “y pregúntale antes de nada: ¿Te interesa mi alma o sólo mi cuerpo?”. Como las mujeres no tuvieron siempre alma, la sobrevaloran. Sí, cuerpo, por supuesto, porque si no lo tuvieran, no estaríamos aquí ninguno de nosotros. Los jóvenes aristócratas romanos y griegos tuvieron alma desde el principio y a educarla dedicaron sus esfuerzos los filósofos. Nadie les negó el alma a los varoniles nobles feudales, y los chicos burgueses del XVI nacían con el alma instalada de fábrica, pero ni los esclavos dispusieron de alma, ni el alma de la que disponían mujeres y siervos era de la misma calidad que la de los hombres  libres del Medievo. Pero el capitalismo se la concedió a todo el mundo porque los nuevos trabajos exigían el concurso del alma de hombres y mujeres  en la producción de manufacturas en serie. El progresismo vio en el alma desalienada la palanca de la liberación de los oprimidos y el catolicismo, en el cuerpo femenino, el agujero negro dónde se perdían los hombres y  despreciaron el físico, como si pudiera haber un yo sin cuerpo.”Como si el alma fuera más 'yo' que el cuerpo”, afirma la tardo-feminista francesa Nancy Huston, “como si el cuerpo –cómo lo arreglamos, lo vestimos, lo peinamos, lo maquillamos y lo movemos- no llevara la marca de nuestro espíritu… Como si las miradas de adoración y las tiernas caricias que los hombres dedican a nuestros cuerpos no provocaran en nosotras efectos extraordinarios”.  A Alaya, los implicados en los ERE  la acusan de llevar el carrito lleno de trapos y maquillaje, mientras que suponen que las actuaciones judiciales van grabadas en una tarjeta Micro-SD, escondida en el pastillero del prozac.  A Cospedal, tan limpia y bien planchada, los adversarios políticos la acusan de comprarse faldas y complementos con el dinero negro de Bárcenas. Hasta ha habido un estúpido que quiere privarnos de la golosina visual del cromatismo de sus cuerpos  y propone que los servidores públicos acudan a sus trabajos con un uniforme de 20 €. ¡Daltónico!

sábado, 26 de octubre de 2013

Mariposas de piedad

Misioneros redentoristas en Pedro Abad
HACE 2000 años, los soldados romanos que circulaban por la calzada Malaca-Curdoba, a su paso por las fértiles laderas que rodean Montilla, seguramente que recibieron todo tipo de insultos de las cuadrillas de mujeres que recogían los ajos que, en las proporciones adecuadas, terminarían condimentando el rancho que se le suministraba a los legionarios antes de las batallas por sus cualidades energéticas, antisépticas y vigorizantes.
Muchos siglos después estas bacantes, hartas de trabajar y del yugo masculino, seguían disparando sus dardos envenenados contra cualquier varón que invadieran el perfumado territorio donde ejercían de ménades del ajo. Si te atrevías a cruzarlo en tu bicicleta de carreras te reprochaban que gastaras tu fuerza en ejercicios inútiles, desatendiendo tus obligaciones sexuales y enrareciendo tu contribución a la perpetuación de la especie; escocidos y aletargados por el roce los órganos que hubieras tenido que emplear en ello. Las ménades griegas -bacantes en Roma- eran unas mujeres que, en las fiestas de Baco, se emborrachaban y vagaban por los campos y, según cuentan, saciaban su hambre con la carne cruda de los animales que cazaban. También se dice que, molestas con Orfeo, que no les echaba cuentas tras perder a Eurídice, estando bebidas, lo sacrificaron y se lo comieron. Las chicas de mi pueblo, ribereño del Genil, no llegaron a tanto gracias, desde luego, a que mi hermano Emilio pudo evitarlo. A finales de los 50, pese a las facilidades de que disfrutaba la Iglesia Católica en España para limpiar, fijar y dar esplendor a sus doctrinas -rentabilizando los sacerdotes asesinados en la Guerra Civil-, la jerarquía decidió darle una capa de religiosidad al descreído y descascarillado muro de la fe nacional y habilitó unos land-rovers con altavoces y altaritos portátiles para la misión. El todoterreno había sido tuneado para alcanzar los más irreductibles pedregales de la irreligiosidad.
De su interior salía disparado un redentorista guapo, flecha de santidad, arpón de Cupido, dispuesto a debelar los muros de la tibieza religiosa de los lugareños. Las jóvenes sentían revolotear mariposas de piedad en sus estómagos -calentura lo llamó algún novio celoso-, cuando sermoneaba el preste. Duró la expedición tres días. La tarde del último, un grupo de muchachas cercó la casa parroquial y exigió del párroco que les entregara al predicador para hacerlo suyo. Gracias a que mi hermano se encontraba en la rectoría y a que le ayudó a escapar por las baldas del corral, no se consumó el santo y antiguo sacrificio.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El ropero de la igualdad

Una de las cosas que me gustan de la juez Alaya es que sea tan presumida. Hay ahora muchas mujeres que dicen que esta top-juez se arregla demasiado. Se está reflexionando sobre las exageraciones en el vestir de las mujeres con responsabilidades en la gestión de lo público. Almudena Grandes ha llegado a decir que una buena madre es imposible que vaya a trabajar tan peripuesta. ¡Qué gozada! Antes del fenómeno Alaya, cuando un hombre se metía con el look de la Señora de la Vega o de la señora Diez, le caía una buena. "Vamos como nos da la gana", te decían algunas mujeres molestas por tus comentarios, "bastante tiempo nos habéis dicho lo que tenemos que hacer", te espetaban con toda razón. Ahora, las beneficiadas por los Eres afirman que Alaya lleva en la maleta un ropero completo y que las actuaciones de los ERE las  lleva en una tarjeta micro-SD, metida en un pastillero, en el bolso; y los que ven mal a la señora Cospedal están convencidos de que la ropica tan buena y tan bien planchada que lleva siempre la paga con el dinero negro de Bárcenas. Se ha abierto la veda. No creo que me pase nada si me atrevo a decir que muchas independentistas vascas tienen tendencias autodestructivas desde el punto de vista estético en lo que se refiere al cuidado de su aspecto externo, que el interno seguramente esta rozagante y milenario. Apoyaría sin dudarlo una reforma constitucional que prohibiese a los políticos -hombres y mujeres- gastarse más de 40 € al año en la ropa con que aparecen en público. Es más, propongo a quien pueda presentarla que lleve al Parlamento una proposición no de ley  que recomiende la utilización de uniforme de faena para todos los cargos públicos. A ellas les puedo dar la dirección de la costurera de La Zubia que le está poniendo cuello mao a todas mis camisas viejas y a ellos la de la tienda de ropa de trabajo de la Redonda donde me hacen unas chaquetillas preciosas, sobre el patrón de las de camarero, a 30 euros la pieza. Lo único malo es que te tienes que hacer 6 chaquetas de un golpe, pero el sastre te asegura que no te morirás hasta que no las gastes del todo. Y como son de un tergalillo muy resistente, eso te supone una eternidad de años viendo lo que pasa.

jueves, 17 de octubre de 2013

La inutilidad de los tribunos

A los que escribimos en los periódicos, nos gusta desmenuzar las causas de la miseria presente. Denunciar, regañar,  pero dar pocas -o ninguna- soluciones. Aparecer por encima de los acontecimientos. Señalar los vicios de unos y otros y escatimar a la hora de concederles  alguna virtud o mérito. Nos resulta fácil; los medios traen todos los días material suficiente con el que incendiar un folio de denuncias y advertencias. Utilizamos la denuncia como exorcismo. Regañamos para que no nos regañen. Al señalar el mal, parece como si nos sumergiéramos en las aguas purificadoras de la verdad y nos invistiéramos con el alba luminosa de la razón y el sentido común. También hay que comprendernos. Sabemos que, entre todos, hemos dejado el lenguaje –nuestra herramienta de trabajo-  hecho unos zorros, en el basurero. Hasta el punto de que, hoy en día, la única forma que va quedando de hablar en serio es hacerlo en broma. Una cruz para todos aquellos que aspiramos a hablar en serio;  a oponer al lenguaje de la mentira,  el de la verdad;  al de la banalidad, el de las esencias; a la frase estúpida de la publicidad, la sabiduría medular del aforismo. Hemos llegado tarde; pero seguimos, como los tribunos ilustrados de la Revolución francesa, caminando con nuestra antorcha encendida y señalándole al pueblo el camino del progreso y de la felicidad terrenal.  Sin mirar para atrás; si lo hiciéramos, veríamos que tenemos tan poco público como las ruedas de prensa oficiales. El tribuno ilustrado copió casi todo del sacerdote. Inventó nuevos dioses, prometió lo que no podía cumplir, ofició el rito de la verdad y de la razón en todos los nuevos altares. Denunció la superstición y la sustituyó por la ilusión del progreso hacia un mundo habitable, sin el concurso de la magia. Hubo un tiempo en el que mucha gente asistió a sus misas laicas. Hoy, llena la calle de espectáculo y la alucinación, los tribunos seguimos predicando como si no hubiera pasado nada, como si no fuéramos parte del experimento, como si en el desolado panorama presente, pudiéramos construir algo con los materiales derruidos de los antiguos templos. Seguimos creyendo que a la locura del poder hay que oponer el correctivo de la transparencia; que, el que todos conozcan la maldad y la insania de los que mandan,  gracias a nuestras denuncias, los hará honestos y benéficos. Hemos terminado parasitando, no al poder y sus dueños, sino a unos fantasmas dedicados a asustarnos con sus estupideces, mientras todo se decide lejos de ellos y de nosotros, sus inútiles vigilantes.
Artículo publicado en:  GRANADA HOY

domingo, 13 de octubre de 2013

Una profesora amable

Artículo de José Javier León publicado en GRANADA HOY. 13.10.2013

TENÍAMOS alrededor de 16 años y estudiábamos en un instituto público masculino de Granada, el Instituto por excelencia, y no era demasiado agradable. La ebullición de hormonas característica de aquellas edades conducía a algunos de nosotros a desahogos tan nobles como abrirle la cabeza a un compañero por un simpático descuido al mantearlo, lanzar desde la última fila lindezas a una profesora hasta hacerla llorar o perseguir por los pasillos, para acorralarlo y pegarle, si era preciso, al más débil, al menos gallo o, sencillamente, al distinto. La vieja guardia docente tampoco ayudaba: un día podían llamarte, mediante bedel, al despacho del director, para recriminarte que hubieras escrito un pequeño artículo en la revista del centro reclamando que se hiciera mixto. 

No es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ese es solo nuestro parecer, tantas veces arbitrario. Fue por entonces que conocimos a María Victoria Prieto, en una clase de literatura que no se parecía a otras. Allí se podía saltar, con gozo y excitación, de la pastora Marcela a Tristan Tzara y de Ramón Sijé al otoño de la Edad Media, se hablaba y se escribía con libertad y se leían cosas del todo atípicas, como un artículo que aún conservo y que cuestionaba los roles sexuales y analizaba el homoerotismo larvado de tantas amistades masculinas… en un aula con treinta o cuarenta machitos sulfurosos. A algunos tal vez les resbalara. A otros no, una minoría, seguramente: la suficiente, la que justifica a cualquier profesor que desee sacudir conciencias, aguijonear, deshacer rutinas, fomentar el espíritu crítico, afectar. 

El día 24 de febrero de 1981 teníamos clase con la profesora Prieto a primera hora. Hay un lugar común que predica que después de acontecimientos históricos de calado, como el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de aquel año o el más reciente ataque a las Torres Gemelas de 2001, solemos rememorar con detalle dónde y con quién estábamos, la hora exacta en que sucedieron los hechos, lo que hacíamos, lo que pasó por nuestras mentes, la ropa que llevábamos entonces. En las primeras páginas de Anatomía de un instante, Javier Cercas se encarga de desmontar este tópico con pericia y datos, razonando que nuestros recuerdos -el "asidero de nuestra identidad"- contienen una buena parte de invención. Yo no me acuerdo con exactitud de los pormenores de aquel momento grave de mis dieciséis años, y cada vez que lo intento son varias las zonas de sombra que se superponen, sin permitirme seguir escarbando. Sin embargo tengo bien presente la clase de literatura del día después, con nuestros parlamentarios aún secuestrados y el país en vilo, lo que pasó y lo que pensé entre aquellas cuatro paredes. 

Entramos nerviosos y esperamos la llegada de la profesora. Yo me preguntaba si vendría y, en tal caso, cómo estaría. No era ningún secreto que Marivi era miembro del Partido Comunista, que había trabajado mucho en el tardofranquismo y la Transición por forjar la joven democracia que disfrutábamos y que, de haber triunfado la intentona golpista, tanto ella como otros colegas suyos hubiesen corrido una suerte bien amarga. En aquella mañana gris de mi recuerdo, en aquella aula gélida del Instituto Padre Suárez -por estar ubicada en un sótano, por su espantosa luz fluorescente, por su alicatado de baldosas blancas hasta el techo- había entrado ya un compañero que nunca disimuló su afecto franquista. Creo que podemos llamarlo el facha de la clase, así nos referíamos a veces a quien, por otra parte, ni siquiera parecía molestarse por el no tan cariñoso apelativo. Si entorno un poco los ojos vuelvo a ver su semblante satisfecho de aquel día y hasta su postura física: todo el cuerpo retrepado a excepción de la cabeza, como quien se fuma con regodeo un puro sentado en un sillón, y vuelvo a oír sus puyas, sus comentarios desahogados y provocadores articulados a media voz, para que toda la clase lo sintiera, para intentar encender alguna chispa en un día que no podía dejar de saborear. De repente, me parecía mayor que nosotros, los acongojados. Era obvio que ante mis ojos adolescentes su voluntad de resultarnos peligroso había prosperado. 

María Victoria apareció por la puerta, se subió a la tarima, tomó asiento y desplegó sus avíos sobre la mesa sin dar la sensación de estar demasiado nerviosa o preocupada, aunque de seguro lo estaba. Pronunció unas breves palabras. Daríamos clase, nuestra respuesta a la hora dramática que vivía España iba a ser el trabajo: la lectura y el comentario de unos textos de ficción. 

Protestamos. Queríamos oír la radio. Había un aparato en el aula tal vez traído por algún compañero. Negociamos unos instantes y finalmente decidimos que interrumpiríamos la lección cada 15 minutos para atender a las noticias en la Cadena Ser. El desenlace es conocido por todos, y es feliz. Fue justo por aquella época que el Suárez empezó a cambiar de color para mí y otros alumnos como yo, y eso ocurrió gracias a la luz que portaba un grupo pequeño de profesores de varias disciplinas entre los cuales María Victoria se significaba. Ellos sonaban otra música: traían modernidad, vientos de libertad, juventud, alegría de vivir. Fui su amigo, y cambié con ellos y gracias a ellos. María Victoria Prieto murió el martes. El antiguo alumno que ahora escribe podría haber elegido otras anécdotas para recordarla y todas darían idea de su amabilidad y su afecto enormes: la experiencia teatral que tanto disfrutamos, los proyectos, las comidas que se prolongaban en tardes de conversación y risa con toda la familia, Pablo, Irene, Pablito. 

Si ha escogido la que acaba de compartir en este diario es porque siente que en ella se hallan presentes dos grandes ejes de su vida: el ejemplo ético y la pasión por su trabajo y por la literatura, un proceder y una labor que, de seguro, nos influyeron más, mucho más de lo que habíamos sospechado. Pero además porque nos trae a la memoria, necesariamente, que no podemos abdicar de la buena herencia recibida, que tenemos una obligación moral y es defender con coraje nuestra enseñanza pública y regenerar esta imperfecta democracia que nadie nos regaló, que fue posible, no se nos olvide, merced al tesón y el valor de gente tan noble como María Victoria Prieto Grandal. Adiós, mi querida amiga. Muchas gracias por tu presencia en mi vida.


jueves, 10 de octubre de 2013

In memoriam, Marivi


Por Alberto Granados me entero de que ha muerto mi amiga María Victoria Prieto, Marivi, profesora extraordinaria de literatura en institutos de Granada, casada con otro profesor de literatura amigo mío, Pablo Alcázar. Marivi tendría sesenta y tantos años. Imagino que habrá muerto de alguna enfermedad traidora. Era guapa y morena, entusiasta, con gafas de montura dorada, con un timbre luminoso de voz. Hablaba un castellano limpio, de eses muy perfiladas, exótico en aquella Granada donde la conocí. Pertenecía a esa clase de profesores que despiertan vocaciones definitivas en los estudiantes. Que le pregunten a otro amigo querido de entonces, José Javier León, a tantos otros. Creó con sus alumnos en los primeros ochenta un grupo de teatro que recitaba y cantaba el Canto General de Neruda por los institutos de los pueblos. Le apasionaba la literatura y disfrutaba enseñándola. Era una feminista clara y valerosa. Ella y Pablo fueron dos de los primeros lectores que tuve. En la grupa de la moto imponente de Pablo viví aventuras de las que quedó algún reflejo en los artículos que escribía para Diario de Granada, donde colaboraba él también. Estuve con los dos por última vez creo que a mediados de los años noventa, un mediodía soleado, no recuerdo si de mayo o de octubre, en un merendero en las afueras de Granada, en la carretera hacia Sierra Nevada, compartiendo platos de lomo frito, boquerones fritos, papas a lo pobre. Llevábamos tiempo sin vernos y disfrutamos mucho los tres, bajo una sombra de cañizo o de emparrado, acordándonos de cosas que de pronto ya eran lejanas. Así recuerdo ahora a Marivi, en aquel merendero, con su gran sonrisa sabia, absuelta de ese porvenir que nadie sabe cómo será. Qué pena más grande.

Texto de Antonio Muñoz Molina.

jueves, 3 de octubre de 2013

Como yo digo

YA se maliciaba Sócrates que la escritura podía tener efectos colaterales perversos. Uno de ellos, arrasar con la rica oralidad que durante milenios sirvió de cauce para la transmisión de la información y del conocimiento. La 'nube oral', como el internet, era una espléndida base de datos a disposición del que quisiera o pudiera bajárselos. Los usuarios de la oralidad cortaban y copiaban con la misma diligencia que lo hacen hoy los estudiantes que se bajan del portal Wikillerato el resumen de la Historia de Grisel y Mirabella o de cualquier otra novela sentimental del siglo XV. Luego se lo llevan a sus profesores y lo firman con su nombre y dos apellidos, como si el resumen fuera suyo. 

La escritura instauró el principio de autoría, dificultó el plagio, y potenció el valor de la originalidad. Pero internet nos ha devuelto, paradójicamente, a comportamientos de la cultura oral. En la provincia de Córdoba las mujeres solían utilizar delante o detrás de refranes de uso habitual la expresión "como yo digo". Mi casera la usaba siempre: "Más vale pájaro en mano que ciento volando, como yo digo", sentenciaba. Daban ganas de añadir:"como usted dice y millones de hablantes que usan el mismo refrán aquí y en Latinoamérica". En la película argentina "El viento", el protagonista Luppi, que viene del campo a la ciudad, repite detrás de cada refrán: "como digo yo". Todavía no sé qué explicación tiene este hecho. He imaginado varias. Quizá lo que el hablante quiere decir es que del material del 'titularidad pública' que la oralidad pone a su disposición -material anónimo acumulado a lo largo de los siglos-, él ha hecho suyo ese segmento de sabiduría popular que nos habla de agarrar lo posible y no soñar con los volandero. Yo podría coronar el fragmento de oralidad que voy a transcribir ahora, con un "como yo digo", de la misma manera que en mi blog, a veces, utilizo ideas de otros, como si fueran mías. 

Pero, la conversación que oí el día de la Patrona, entre una madre y una hija, mientras que esperábamos el paso del trono, es de tanta calidad antropológica que nadie creería que es de mi cosecha. Esto oí: una chica le decía a su madre: "¡Mamaaaaa, m'acomprao unoh leguih, unoh leguih m'acomprao, mama, unoh leguih de bonicoh, mama!". Y la madre le pregunta: "¿qué marca?". A lo que la chiquilla contesta: "Mama, marca tooo el coño, tooo el coño marca, mama". El sucedido puede servir de pórtico a un documentado ensayo sobre los comportamientos adolescentes en la metrópoli tardo-moderna.