jueves, 5 de septiembre de 2013

El cúter asesino

De niño,  si tenías suerte, podías disfrutar hasta de un instructor en el manejo de las armas. Por los años 50, se instaló en mi pueblo un antiguo sargento provisional, Narciso Pedregal, que  me enseñó a cazar zorzales a la hora de la dormida. Salíamos de casa sobre las cuatro de la tarde para estar al atardecer en el barranco de Los Castaños donde esperábamos a los pájaros escondidos entre los pinos. A la vieja escopeta que yo utilizaba le fallaba  el extractor y en el momento más comprometido (los pájaros entraban  sólo durante unos 15 minutos), se te podía encasquillar. Narciso me enseñó a extraerle el cartucho atascado, depositando una muestra de orina en el cañón del arma para reblandecer el cartón del proyectil y poder sacarlo con una caña. Los zorzales terminaban reforzando los arroces caldosos de mi Tía María. Ya no pude abandonar mi afición a las armas y en mi viaje de novios, al pasar por Toledo, sufrí con el Greco, pero disfruté comprándome  una espada, copia exacta de la del Cid, con la que obtuve en Santander una victoria que, para ser justos, habría que apuntársela  al Cid en la lista de las que logró después de muerto. Estábamos descargando el seiscientos a las puertas del hotel, cuando se nos acercaron unos chicos que se entretenían en molestar a los recién casados y en humillar al marido novel  delante de su esposa. Me arrebató un ardor guerrero, a lo Obama, y saqué del coche la espada. No me fui hacia ellos, blandiéndola, porque los vi desarmados, sino que con el pomo del arma comencé a bajar la antena de la radio, pausadamente; asustados, desistieron de su ataque e, incluso, caballerosos, reconocieron su derrota y nos saludaron mientras se marchaban. Las armas, al menos la de destrucción selectiva, no han supuesto un problema para mí. Cuando daba clase a adolescentes, tuve que enfrentarme al arma de un alumno al que se le había atragantado el concepto de ‘fonema’. Mientras yo, en la pizarra, intentaba descomponer el delicado cuerpecillo de una palabra en fonemas, oí como alguien desplegaba ruidosamente un cúter a mis espaldas. Me di la vuelta y sorprendí al agresor cuando ya se me acercaba. Pude lanzarle un tomahawk, pero preferí mandar a la clase que redactara un texto sobre el incidente que titularían “El cúter asesino”. El muchacho a punto de descargar el golpe letal, dudó un momento y, seducido por los placeres de la escritura, se sentó, sacó el bolígrafo y compuso una preciosa redacción, que aún conservo, sobre los riesgos de la fonología.

4 comentarios:

  1. Los riesgos de la fonología continúan vivos e incluso forman parte de la propaganda. No hay más que ver a Obama cómo desgrana fonemas con acento dudoso y encantador para hacer creer que le cuesta ser un sargento del mundo, casi como si quisiera esconder que entre los marines también hay negros.
    Gracias y saludos.

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  2. Trasindependiente, no se me olvidará nunca el cambio de línea melódica que experimentaba el recio castellano de Aznar cuando pasaba unos día domándole los caballos a Bush en su rancho de Texas. Gracias y un saludo afectuoso.

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  4. Observo que en este precioso relato sobre tu carrera armamentistica no aparace, no sé si voluntariamente o no, el borrador-proyectíl que arrojaste al cura que te castigó en el internado, acción que supuso el fin de tu estancia en tan venerable sitio. ¿O no fue borrador sino cenicero?

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