domingo, 25 de agosto de 2013

El fin del mundo ya ha tenido lugar


Los dioses son creados por el hombre a contra-imagen y desemejanza suya.  Si nos morimos, ellos son eternos, si pasamos hambre, ellos tienen la mesa llena o no tienen aparato digestivo y se alimentan, como las lámparas solares  de jardín, de su propia energía. Si, malqueridos, nosotros, ellos, eternamente amados.  Si solos, nosotros, ellos rodeados siempre de una corte celestial. Si mal informados,  o ignorantes nosotros, ellos, omniscientes.  Si varados, nosotros, en un país, en un pueblo, en un sindicato, en una familia, en un partido, en unos vicios insoslayables, ellos, ubicuos y libres. Tan libres y ubicuos que, según mi obispo de cabecera, Munilla,  alguno de ellos pudo estar en el cielo, completando un trío de ases, y al mismo tiempo, en la tierra sufriendo tormentos indecibles y dejándose balancear, ya herido, ya sangrante, por costaleros descuidados.  La imaginación va muy por delante de la tecnología.  Antes de que twitter o facebook nos reunieran real y virtualmente en el Valle de Josafat electrónico que son las redes, donde nos vemos el perfil  y los pecados y las carencias y los amores y las heridas, y el ajuar de primera comunión de la niña, colgado en el muro de la madre, con zapatitos, braguitas, medallitas y albos rosarios, la Biblia y la tradición cristiana habían imaginado un lugar muy amplio que podría acoger a todos los humanos en una ceremonia  de despedida universal de la vida, de las vidas. Una despedida algo más seria que las actuales despedidas de soltera, llenas de stripers, falos gigantescos y revuelo de novicias transgresoras que no acaban de creerse hasta dónde han podido llegar desobedeciendo a la abadesa.  El fin del mundo, pues, no tendrá lugar mañana, porque el fin del mundo ya ha tenido lugar. Al menos, del mundo que durante tres mil años hemos venido construyendo en este ámbito imaginario de hábitos, de ideas, de inventos y de libros, que hemos dado en llamar Cultura Occidental. No hace falta una macro reunión de cotilleo y evaluación de currículos, como la del temido Valle de Josafat: nuestros vecinos ya lo saben todo de nosotros.  Y si alguno no está al día, que haga como el Papa para actualizarse, que se abra una cuenta en twitter. Si él, que podría enterarse de todo simplemente echando mano de sus conexiones con el más allá, se la ha abierto, ¿por qué no íbamos a hacerlo los que no tenemos acceso a las redes sagradas?

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