jueves, 8 de agosto de 2013

Aplaudir es de malvados


¿A nadie se le habrá ocurrido, en estos tiempos de ciénaga, escribir sus memorias a partir del objeto, útil o instrumento que usó en cada etapa de su vida para desprenderse de la suciedad adherida tras las deposiciones? El terrón del olivar, el guijarro humilde de las carreteras, la carta de amor despechado, el papel del periódico que a veces dejaba impresa en la piel la cabecera de The Inquirer, el mullido reino de la celulosa, las eficaces caricias de las toallitas para bebés, la esponja hospitalaria de la enfermedad y la vejez. Sería una hermosa manifestación de humildad por parte del que cuenta su vida, una forma de pedir perdón a los lectores por hablar de sí mismo sin escuchar al otro y frenaría la tendencia del escritor a ponerse estupendo cuando inventa en sus memorias éxitos que la vida le negó.
La historia de la humanidad podría también escribirse a partir del uso que se le ha dado a la mano desde su inserción al final del brazo de los homínidos o del pie o de la nariz. Porque hay miembros, como el pene o la vulva, que han merecido mucha atención por parte de los escritores en detrimento de otros, como la mano. Las manos sirven para aplaudir, incluso en situaciones en las que nadie entiende por qué se les da este uso. En la Cueva del Castillo, en Cantabria, unas manos prehistóricas dibujadas en la roca parecen aplaudir. Esas manos rupestres pueden tener hasta 40.000 años. No se sabe si son obra del casi agónico hombre de neandertal o del triunfante sapiens. Este último tenía  motivos para aplaudir: se ha quitado de en medio un competidor. Pero si las manos son obra de los perdedores, de los neandertales, ¿por qué iban a aplaudir? ¿Rituales mágicos, entretenimientos de mujeres y niños recluidos por seguridad en el interior de la cueva? ¿Masoquismo? Los parlamentarios que aplaudían, como boxeadores sonados, el día de la comparecencia de Rajoy, las intervenciones de sus líderes,  ¿por qué aplaudían sabiendo que esta manifestación de contento y aprobación podría molestar a muchos españoles? ¿Sapiens o neandertales?  ¿Suicidas? ¿En qué estarían pensando, también, los periodistas que se dedicaron a buscar un ganador entre los que intervinieron en el debate?  ¿Ellos, que informan, no están informados de que cada vez hay más gente que asocia la política, no con el triunfo, sino con el  material higiénico desechable de más arriba?

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