jueves, 6 de diciembre de 2012

El cazador

CUANDO todavía no se había inventado el lenguaje oral los seres humanos mataban. La invención del lenguaje disparó la natalidad, permitió la transmisión de las técnicas agrícolas y cazadoras, la propagación del fuego, de los asados y el perfeccionamiento en la fabricación de armas de guerra. Los hombres siguieron matando. El descubrimiento de la escritura aparece relacionado con la necesidad de llevar la contabilidad en los almacenes de grano de Mesopotamia. Pronto, la escritura se convirtió en una herramienta de pago y emitió en cerrado hasta el descubrimiento de la imprenta, que bajó el precio de las suscripciones, liberalizó algunos canales y se comenzó a emitir en abierto. Pero los hombres, escritores y lectores, no dejaron de matar. En Alemania, a finales del XIX, el analfabetismo casi no existía. Ni en Rusia, después de la revolución, ni en EEUU, pero a lo largo del siglo XX, se siguió matando, cada vez de manera menos selectiva, más indiscriminada. Con la misma eficacia salvaje con que el Dios de la Biblia borraba del mapa a los enemigos de Israel. En Segovia, un hombre que leía mucho, adoraba a Platón y oía música clásica, asesinó hace dos años a su mujer y a su hijo. El leer, en el imaginario de la gente, es actividad pacífica, contraria a toda violencia, pero esto es sólo un espejismo. Si estadísticamente se mata mucho menos mientras se lee o se escribe es porque no resulta fácil disparar y leer al mismo tiempo. El escribir produce placeres muy parecidos a los de la caza o de la guerra. Y es menos lesivo. Compites con otros cazadores a ver quién lo hace mejor, quien cobra la pieza más distante o esquiva. Un soneto, una novela, un aforismo. Un post. Entre cazadores el prestigio se alcanza cuando uno ha puesto sobre la mesa la pieza más preciada. Ese es también el juego de los poetas. Antes del verso perfecto o del elefante botsuano ni el cazador ni el escritor son nada. Y si luego aparecen con un ripio infame o con una gallineta esmirriada, de nada servirán los éxitos precedentes. Aunque hay escritores que solicitan el premio antes de haber aportado la pieza y que no nos dejan rendirnos ante lo que escriben porque lo primero que nos dicen, desde las solapas de sus libros, es que ellos, aunque no escribieran ni una letra, ya serían excelentes. Enumeran sus virtudes, sus premios, sus publicaciones. Aluden al reconocimiento del público… Como el Amado del poema de San Juan de la Cruz, están seguros de dejar a todo el mundo prendado de su hermosura, con sola su figura. Su mundo es anterior al de la escritura. Son seres preglóticos. Desubicados.

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