jueves, 1 de noviembre de 2012

Depredación


La depredación, la guerra de ahora, es simplemente la continuación de la guerra de antes –con muertos y holocaustos- por otros medios, con armas fabricadas con la tecnología electrónica más avanzada. El arco que usaban los guerreros de las sociedades sin estado, las de los cazadores- recolectores,  era muy eficaz en las distancias medias, pero había que accionarlo y luego siempre se presentaba el problema de qué hacer con los muertos. A los depredadores actuales (mercados, especuladores, banqueros, los políticos corruptos que sabían desde hace años lo que se avecinaba y ni nos advirtieron ni nos protegieron, etc., etc...), no se les presenta por ahora ninguno de los dos problemas que hemos apuntado. No se cansan de disparar, porque usan sólo el ordenador, y a los muertos,  los entierran los familiares. Lo que les viene mejor a los depredadores es el suicidio del expoliado. En la guerra presente, las primeras víctimas son los suicidas que, incapaces de disparar contra el causante de sus males, se agreden a sí mismos. Los depredadores,  no se mueven, según el sicólogo Steven Pinker, como el mongol Gengis Kan, por motivos destructivos como el odio o la ira, simplemente toman el camino más corto hacia algo que quieren –el dinero- y no obtienen placer de causar daño, eso sí, una vez que han removido el obstáculo, no les preocupa lo que le suceda al ser humano que han puesto en la calle. Kan se tomó la molestia de explicarnos por qué guerreaba: “La mayor alegría que un hombre puede conocer”, decía este caudillo, “es conquistar a sus enemigos y llevarlos ante él. Cabalgar sus caballos y apoderarse de sus bienes. Ver húmedas de lágrimas las caras de sus seres queridos y estrechar entre sus brazos a sus esposas e hijos”.  Me imagino que los depredadores lo hacen para sentirse superiores a los expoliados. El placer que experimentan cuando utilizan las armas de empobrecimiento masivo ha de ser extraordinario. Me los imagino saltando de gozo, mientras  engullen un sándwich de verduras, en sus asépticas salas repletas de ordenadores, cada vez que cae un país en el abismo de la pobreza. Sin pensar en el dolor que causan, como el agricultor que proponía castrar a los caballos con dos ladrillos para aumentar la eficiencia de su trabajo. Cuando le preguntaron si le dolía, contestó: “si escondes los pulgares, no”.  Ahora bien, por el cariz que está tomando la cosa, parece imposible que los depredadores, los castradores de pueblos, de países de naciones enteras, al final, no acaben machacándose  también sus propios pulgares de tanto golpear. ¿Será entonces el comienzo de la Gran Extinción?

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