miércoles, 15 de agosto de 2012

Medallas, no medallicas de la Virgen

Analizar el mundo, sin aportar soluciones para los males que lo aquejan, no deja de ser una forma de lamento. Cuando uno no puede cambiar el mundo, se dedica a llorarlo, que es lo que prácticamente hacemos todos. El lamento como exorcismo que sitúa al que denuncia y llora la injusticia del lado de los buenos: llora el izquierdista que señala las maldades del mercado, de los bancos, de los especuladores, pero que sigue utilizando los instrumentos de análisis y proponiendo las soluciones del siglo XIX; llora el republicano que engorda día a día la lista de los abusos y la prepotencia de los monarcas y de sus familiares, y que ofrece, como solución taumatúrgica, la restauración de la República, en un momento en que el odio hacia los políticos, incluso en los Estados republicanos,  es similar al que se siente por los banqueros y, asimismo, llora la feminista de observatorio y subvención que, amparándose en la brutalidad de algunos machos para con sus mujeres, intenta siempre sacar tajada dialéctica, paridades y discriminaciones positivas, instalada en la queja sempiterna de “lo mal que se ha portado el patriarcado con nosotras”. Inquietan mucho más al oportunista y ambicioso de Gallardón, en sus planes de arrebatar a las mujeres alguno de sus derechos, las 11 medallas –de 17- obtenidas por las atletas españolas en Londres que todas la llantinas interesadas “de género” con las que nos han abrumado, y nos abruman, compañeras políticas, bien colocadas ellas y sus hombres, en puestos de relevancia social muy bien retribuidos. Hay sin embargo quien -la escritora estadounidense Erica Jong, por ejemplo- en medio del barullo, es capaz de decir cómo cambiar algunas cosas: “Si una mujer quiere ser poeta”, o, se me ocurre, campeona olímpica, “debe escuchar la respiración de hombres / durmientes; debe escuchar los espacios entre esa respiración. […] / No debe escribir sus poemas con pene artificial; / debe rezar para que sus hijos sean mujeres; / debe perdonar a su padre su esperma más / valiente”. Pide igualmente Jong a la futura poeta que no escriba sus poemas “con sangre menstrual”  ni haga odas “a sus abortos” ni guise “caldos de viejos sueños de unicornio”. Es trabajoso lo que propone la escritora: que las mujeres renuncien al envoltorio satinado que las hacía invisibles en el pasado, que abominen  de lo que el patriarcado fijó como “la esencia de la mujer”. Que se atrevan a andar con naturalidad por el nuevo camino sin los escapularios y los detentes que protegían a una señorita del XIX. Nada de medallicas de la Virgen, sólo medallas, y de oro.

1 comentario:

  1. Mª Victoria Prieto19 de agosto de 2012, 19:13

    Me gusta la crítica que haces sobre “la queja sempiterna” de las feministas de observatorio y subvención, las cuales no sé donde estaban al final del franquismo, cuando formábamos las asambleas feministas clandestinas y nos formábamos en el feminismo con unas cuantas “biblias” imprescindibles como “El segundo sexo “ de Simone de Beauvoir o “La mística de la feminidad” de Betty Friedan. Siempre que se me queja alguna sin motivo, porque está rodeada por hombres normales, o sea buenos, me viene a la memoria los versos de una famosa canción de Joaquín Sabina, donde en un contexto diferente, dice:
    “…ni ser el fantoche
    que va, en romería,
    con la cofradía
    del Santo Reproche,…”

    Muy buena esta entrada. Salud!

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