jueves, 21 de junio de 2012

La mística del desafuero

EN plena Edad Media, a Siagrio, un personaje de Gonzalo de Berceo, se le ocurre decir: "Todos somos iguales en la humanidad". Remito al lector desocupado al Milagro de la Casulla de San Ildefonso, escrito en el siglo XIII, si quiere conocer el final del que dice semejante disparate en un contexto social tan poco "igualitario". Incluso hoy, 200 años después de la Revolución Francesa y de La Declaración de los Derechos del Hombre, debe de haber sido peligroso recordarle a Dívar, cuando su autoridad era indiscutible, las palabras que sumen en la desgracia a Siagrio, arzobispo electo de Toledo en el Milagro de Berceo. 

Porque el presidente del Supremo y del CGPJ con su conducta proclama todo lo contrario: que la igualdad no existe en la humanidad. Dívar es el último pecio que emerge de las aguas sucias de la Democracia Española. Existe en la sociedad la tendencia a imaginar que los altos funcionarios son un compendio de ética y de estética, que son buenos y decorosos. Y también la esperanza de que se contenten con sus sueldos, con el respeto reverencial del ciudadano, que sabe el enorme poder que los jueces tienen sobre sus vidas, y con las regalías de que disfrutan las autoridades del Estado: dietas, protección, desplazamientos en vehículos de calidad... 

Pero no, creen que, por ser ellos quienes son, se les debe una cuota de desigualdad aún mayor. No entienden, y esta gente tiene estudios, que los privilegios de que gozan intentan dignificar la función y no al funcionario. Son tan avasalladores como los que hablan a voces con el móvil en los bares, sin importarle el espacio y tiempo que roban a los otros parroquianos. O como la chica que tienes al lado en el autobús, que se ha embadurnado de un perfume caro cuyos efectos de seducción invaden el vehículo público, expulsando hasta los más humildes olores corporales o los efluvios imperceptibles de nenuco de algunos viajeros. Pero el daño que el vocinglero y la chica asfixiante pueden causar es limitado. Mientras que pueden resultar irreparables los males que ocasione un funcionario que, en la cima de su poder, piense (como San Juan de la Cruz en la cima de su viaje místico de ascenso al Monte Carmelo) que: "Ya por aquí no hay camino, porque para el justo no hay ley; Él para sí se es ley". 

El sentir ofuscado del Santo no contempla la separación de poderes, algo comprensible cuando estás a punto de fundirte con Cristo. Peligroso, si el que piensa que está por encima de parlamentos, de gobiernos y del común de la gente es el máximo representante de uno de los tres poderes del Estado.

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