jueves, 7 de abril de 2011

Eternos para siempre

Paseo del Salón
Hay quienes tildan de cateta la actual línea arquitectónica del Ayuntamiento de Granada. Disiento. Creo que los arquitectos municipales, en sintonía con la mayoría consistorial,  diseñan y construyen, en el corazón de “Granada la bella”, sub specie aeternitatis. Funeral y marmóreo les ha quedado el Salón; cuando pasas de noche por él, no sabes si transitas por el coqueto bulevar francés de antaño o por las lúgubres avenidas del cementerio de San José. Viandantes diagonales lo cruzan al atardecer, veloces y afantasmados,  para volver a sus casas de Cervantes o Fontiveros. Pero la persistencia en el Paseo de los viejos fangales, tras una tormenta, certifica que seguimos entre los vivos, y aprovechados, de toda la vida. En la Avenida de la Constitución, la piedra gris y las estatuas, en la penumbra y sin luna, recuerdan algunos montajes de la ópera “Don Giovanni”, de Mozart. Si bien, el comendador, ha tenido que ceder su puesto a un Frascuelo local a la fuga y a un San Juan, al que abrasan llamas de bronce que parecen estar vivas. La calle Ganivet  no ha sido adecentada únicamente para que desfilen dignamente por ella los clientes del comercio más selecto de la ciudad y las cofradías en Semana Santa, sino para escenificar  el triunfo del espíritu sobre la carne.  Ha sido como edificar una catedral sobre una mezquita, o viceversa. La Manigua, al parecer, era el barrio granadino de las mujeres de pequeña virtud, sede de las mancebías, al que acudían los hombres virtuosos en busca del amor venal. En los años 40 el alcalde falangista Gallego y Burín transformó la Manigua en la respetable y "elegante" calle Ganivet.  Este año,  convertida en pasadizo de lo sagrado, albergará la tribuna oficial de las procesiones de Semana Santa. Los populares han coronado, a lo divino, la tarea de Gallego y Burín. La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. La energía sexual, acumulada en la Manigua, se ha transformado en fervor religioso. Ya sucedió con los místicos. No ha sido Almudena Grandes, en las "Edades de Lulú", la que mejor ha detallado los sosegados momentos que siguen a la unión amorosa, sino San Juan de la Cruz, en la “Noche oscura”,  donde describió a la perfección  la gozosa quietud de ese instante: "Quédeme, y olvídeme, / el rostro recliné sobre el Amado,  / cesó todo y déjeme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado". A algunos amantes les he oído decir que en ese estado de abandono, ves imposible morirte. No he hablado de esto con los concejales del PP pero, tengo para mí que, seguros de su reelección, construyen como si no fueran a morirse nunca.

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