lunes, 6 de diciembre de 2010

Un peligroso aire de normalidad

Normalidad anodina
Poco antes de que se desate la violencia extrema, la que lleva al fuego y a la muerte, todo tiene un aspecto de normalidad anodina. Unas personas toman el café en un restaurante del centro de Madrid después de comer. No parece que ninguno de ellos esté  contando  ese chiste  que suele acompañar en este tipo de comidas los movimientos de las cucharillas que agitan el azúcar de la taza. Están serios pero relajados.  Un viandante que pasa por la acera de camino a la farmacia cree reconocer a uno de los comensales de haberlo visto la noche anterior en Barajas,  protegido por la policía a las puertas de un ascensor.  El viandante tuvo que volverse a  casa desde el aeropuerto con el hijo enfermo,  porque su vuelo  a Pamplona había sido cancelado.  Llevaban en lista de espera de la clínica navarra seis meses, al fin iban a operar al muchacho en una intervención que, de salir bien, le salvaría la vida.  Ahora lo tenía en casa, con un dolor insoportable,  esperando una nueva cita. Después de comprar  un medicamento para calmar el dolor del enfermo, el hombre volvió a pasar por delante del restaurante para cerciorarse de que uno de los comensales era el controlador aéreo de Barajas al que la policía protegía de los insultos de los viajeros.  No se acababa de creer que estuviese allí tan tranquilo, sin miedo, ajeno a  las reacciones de dolor y  de furia que su presencia podría provocar de ser reconocido por  alguno de los afectados por la huelga de los controladores. En la comisaría, el viandante declara que comenzó a llamarle asesino,  a voces. Los policías le informan de que sus voces atrajeron a bastante gente y que, como siempre, alguien llevaba en la mochila una piedra, un mechero, y, providencialmente, una botella con alcohol o gasolina. Y rabia por esto y  por aquello.  De los que piensan que es  demasiado. De esos que consideran blanda a la Justicia y que llevan esperando la ocasión de prenderle fuego a algo y colgar a alguien de una farola.  Se lo pide el cuerpo. Éste fue el que arrojó la primera piedra y el cóctel molotov  sobre el toldo del restaurante. El policía que interroga al viandante que había dejado a su hijo en casa acosado por un dolor insufrible, le alarga un diario en el que se cuenta con detalle cómo ardió el restaurante y el número de víctimas que el fuego y las piedras habían provocado. El controlador y sus colegas aparecen  en la lista.

1 comentario:

  1. Si no saben cuidar de ellos, cómo van a cuidar de los demás.

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