viernes, 12 de noviembre de 2010

Caligrafías

Rellenando la plana
La lectura ha sido una actividad, al menos desde la invención de la imprenta, más practicada por las mujeres que por los hombres. Los misiones culturales promovidas en los últimos años desde diputaciones y ayuntamientos siguen viendo a la mujer más como lectora que como escritora. Buena tierra la mujer para la semilla de los escritores. Como los "agentes culturales", los misioneros,  suelen ser, a la vez, escritores, resulta explicable que deseen que las lectoras proliferen como las setas. Pero la escritura, la cifra, lo prohibido, ejerció desde su origen una atracción natural sobre las mujeres, excluidas del acceso directo a los textos sagrados y recluidas en una oralidad andrógina, tremendamente rica y productiva, pero aplastada por el prestigio de las verdades patriarcales del libro. Despacito y con buena letra, las mujeres han ido colándose en el paraíso cerrado de lo escrito, amenazadas siempre, si se salían de la línea o echaban un borrón, con la vuelta al tabaque de la calceta. Muchas han sabido escribir torcido sobre los derechos renglones de las inevitables caligrafías masculinas, consideradas como las únicas maneras posibles de la escritura: porque hasta ahora no se ha escrito como hombre o como mujer, sólo se ha podido hacer como escritor. Pese al anunciado fin de la escritura sobre papel, durante mucho tiempo aún, mujeres como la de la foto seguirán ensayando otras maneras de rellenar la plana, sin importarles los borrones, los renglones torcidos, y conservando, las que así lo deseen, el tabaque de costura.

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