domingo, 8 de noviembre de 2009

El enfermo, el malo y el feo

Tercera y última entrega del serial “¿De qué hablan ciertas mujeres?”

El enfermo

Convertida en enfermera,  Marianne rellena informes exhaustivos sobre los padecimientos de su compañero. Es minuciosa y recoge hasta la meningitis que Weber sufrió de niño y cómo “durante esa enfermedad la cabeza del pequeño Max creció extraordinariamente,  mientras el resto de los miembros de su delicado cuerpecillo conservaba su tamaño”.  A los 18 años,  el aspecto y la salud de Weber no han mejorado: “larguirucho y delgado, de miembros delicados y hombros caídos, un candidato perfecto a una tuberculosis”.  Lo que no le impide destacar pronto, entre los estudiantes, “por su tremendo aguante bebiendo”.  En 1899,  ya casados, contrajo una grave enfermedad nerviosa de la que nunca se repuso del todo y que sobrellevó gracias a los cuidados de su mujer.

El malo

Juan Ramón Jiménez, o la incompetencia y el egoísmo menos inteligente. Enfermo también, es, según se desprende del Diario de Zenobia, un neurótico notable, que con frecuencia (Diario, 18 de enero de 1939. miércoles) “no hace absolutamente nada y pasa en cama la mayor parte del tiempo, sentado con la cabeza afincada en la almohada y los pies en una silla en el arco más incómodo”.  Incapaz de valerse por sí mismo, no permite que Zenobia se separe de él ni un minuto. Ni siquiera para operarse de un lipoma que tenía en el vientre. El 27 de diciembre de 1937, la mujer se queja: ”Pero nunca tendré el valor ni la determinación suficientes para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca [...] si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera.”

Y el feo

Y por último, el feo. Sartre era el primero en reconocerlo:” Hasta los cinco años era un crío muy guapo, con ese aspecto un poco convencional que tanto les gusta a las mamás mediocres. A partir de los cinco años mis cabellos cortados se llevaron consigo ese esplendor efímero, y me volví feo como un sapo, mucho más que ahora.” A nadie como a Sartre le venía bien la existencia del alma, que puede ser embellecida hasta el infinito, por encima de la degradación y de la fealdad.  Porque el cuerpo de Sartre, su cara, no tenían arreglo. La “transparente” Simone no tiene inconveniente, en la segunda parte de La Ceremonia, de hacerle observaciones relacionadas con su fealdad: “Por otro lado, es un tópico que un hombre puede ser muy feo y tener mucha seducción y se cita a grandes seductores que eran feos; eso usted debe saberlo.”
La pregunta es: ¿qué hacían estas mujeres excepcionales con  hombres tan peculiares?  Posiblemente como Bella, en el cuento, las tres prefirieron la virtud a la belleza. Sobre todo en una sociedad en la que la mujer había de contar con el respaldo de un varón, influyente, comprensivo y liberal, si quería moverse cómodamente en el espacio público. Zenobia se casó con Juan Ramón, en opinión de la editora de su Diario, “aparte del amor que le tuviera, porque el oficio y la personalidad de él permitían desarrollar sus instintos de mujer activa, independiente y emprendedora, lo que le hubiera prohibido un marido menos absorto en su labor”, o menos incompetente para ganarse la vida.
El catedrático Weber introdujo a Marianne, perteneciente a la primera generación de alemanas que estudió en la universidad,  en los ambientes intelectuales de Heidelberg  y estuvo a su lado en las luchas del movimiento feminista burgués alemán. E incluso retó a batirse en duelo -¡en el año 1910!-  a un joven profesor que escribió un panfleto difamatorio contra el grupo de mujeres que presidía su esposa, en el que se decía que el movimiento estaba integrado únicamente por mujeres solteras, viudas, judías, estériles y mujeres que no son madres o no quieren cumplir los deberes de una madre.
Cuando Simone  de Beauvoir  y Sartre se presentaron, él con 24 años y ella con 21 al examen final de filosofía, Sartre sacó el primer puesto y Simone el segundo, pero los miembros del tribunal estaban convencidos de que “la verdadera filósofa era ella”.  Simone, apodada el Castor -el animal arquitecto- construye, sobre todo, una casa ineludible para Sartre. Pero también tiene sus libros. Tiene su propia obra, su propia casa, que no es pequeña. Pero una parte de esa obra sólo existe en la medida en que su compañero la dirige silenciosamente.
Pero la utilización de los hombres para colarse en el espacio público no lo explica todo. Marianne, ya viuda, dedica varios años a la redacción de la Biografía y a la publicación de las obras de su marido, “porque”, escribe, “su fama no está en mi opinión más que al comienzo de su ascenso. La gente quedará sorprendida cuando tenga en sus manos sus obras (10-12 tomos). Yo vivo para su inmortalización terrenal”.
La obra de Sartre no se entiende sin la colaboración de Simone, a la que escribe: “Usted, mi pequeño juez. Usted mi primera lectora, mi “censor”, mi “buena consejera”. Usted “mi pequeña conciencia moral”. Usted, mi ojo, mi oreja, mi “testigo”. Usted es más yo que yo. Lo que escribo sólo existe en la medida en que tengo su “veredicto”.
      En el discurso de aceptación del Premio Nobel, Juan Ramón proclama: “mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración de cuarenta años ha hecho posible mi trabajo. Hoy me encuentro sin ella desolado y sin fuerzas”.
Estas mujeres fueron, sobre todo, leales al “alma” de sus compañeros, a su genio creador y productivo. Se consideraron responsables de su espíritu y de los productos que éste generaba.  El cuerpo enfermo, deforme,  o dependiente no les pertenecía, aunque había que atenderlo para mantenerlo vivo. En una contorsión narcisista poco estudiada, estas mujeres sin hijos, madres adoptivas de niños grandes, preservaron de ellos lo que creían suyo: el hijo espiritual de sus entrañas, es decir, la excelencia intelectual de Sartre, Juan Ramón y Weber.
  Y de nuevo la pregunta: ¿de qué hablan las mujeres, cuando podrían hablar de ellas mismas?  Se justifican ante sus congéneres por haber aceptado quedarse en un segundo plano, por haber sacrificado sus posibilidades de ser las primeras, por delante de los hombres a los que sirvieron intelectualmente. En novelas del XIX _y también en best-sellers actuales como "La masai blanca" de  Corinne Hofmann_ la claudicación sentimental,  la entrega, se justificaba por la “gran pasión”, que exonera a la culpable de sus responsabilidades sociales. En nuestro caso,  por la luz arrebatadora del genio. Parecen decir estas notables mujeres: “Sí, me he sometido al genio de este hombre,  a su maestría para manejar lo más femenino, lo más ilustrado, lo menos zafio, lo menos violento: el Verbo; mirad, compañeras, hembras de la especie,  me doblegué ante su capacidad de enunciar mensajes complejos, ricos, luminosos. Una mujer no puede, no debe negarse a la fuerza civilizadora de las palabras. Estos hombres las usan bien. Son, al menos en esto, compañeros de viaje, aliados objetivos de nuestra lucha para desterrar la violencia  e instaurar el reino de la palabra, que no mata”.

(3/3)

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