miércoles, 10 de octubre de 2018

La edad de la inocencia


De película de miedo
Susana Díaz con su convocatoria de elecciones al parlamento andaluz ha clausurado la edad de la inocencia. Pronto se convocarán más elecciones. Es lo bueno que tiene el sistema democrático que cada cierto tiempo se te perdona que hayas votado a partidos ladrones, racistas, veletas, sin ideología, clientelares; plagados militantes que se pagan las juergas y las bebidas, a costa del común. Las elecciones ponen de nuevo a los votantes ante la tesitura de taparse la nariz y convertirse en colaboradores necesarios, en cómplices de los errores y horrores del pasado, o de abandonar, en un rasgo de honestidad democrática, a los que se conjuraron para enriquecerse, al tiempo que ayudaban a enriquecerse a otros, y provocaban el empobrecimiento y la desgracia de la mayoría de la población (no me atrevo a usar la palabra gente porque es palabra de señoritos o de caseteros ni ciudadanos, porque, junto con toda la terminología democrática, ha sido enlodada por los que debieron mantenerla limpia). Sólo me queda población o contribuyentes. Ni españoles ni catalanes ni vascos ni gallegos son nombres a los que se pueda acoger uno de cómo nos los han dejado los patriotas sinvergüenzas de cada una de esas patrias-casetas de feria. Al votar ahora, nadie podrá alegar que no conoce las tropelías del partido al que va a otorgar su confianza, porque han sido suficientemente dadas a conocer. El votante asume, pues, la historia reciente de la formación a la que va a dar su confianza. Recuerdo con horror la pintada más cobarde, el eslogan más inmundo de cuando ETA  asesinaba. A veces, en las paredes de Euskadi alguien escribía: “¡Eta, mátalos!”. Lema que convertía a los etarras en sicarios y a los autores de las pintadas en inductores cobardes de un crimen que ellos no tenían el valor de cometer. A partir de los próximos comicios, los votantes deberíamos sentirnos responsables de los emigrantes rechazados, de los ancianos no atendidos, de los enfermos que murieron esperando atención médica, de los desahucios, de los másteres conseguidos por enchufe, de los doctorados plagiados, de los sueldos en negro. No habremos sido nosotros los autores materiales, pero sí habremos puesto con nuestro voto en manos de sicarios electos las  armas que les otorgan poder para hacerlo. Será imposible que sigamos pensando que somos inocentes.

jueves, 4 de octubre de 2018

Leer fuera del tiesto


Jesús y su mascota
Un amigo me ha pedido que cuelgue en el Facebook las portadas de siete libros que, “ayer o hace 50 años”, me hicieran tilín o tolón. La primera portada que he publicado es la de una novelita del FBI que conservo de cuando vivía de niño en el Paseo de la Bomba de Granada, titulada Acepto tu reto. Y tirando de esa portada han salido preciosos frutos del cesto de los recuerdos de la red: ¿Qué leíamos los niños en años de escasez, vigilados y dirigidos por el canon literario y la escuela? ¿Quiénes escribían esas novelas de aventuras? ¿Por qué sus autores utilizaban pseudónimos? Algunos eran escritores “rojos” de renombre, obligados al anonimato. Leíamos todo lo que caía en nuestras manos, hasta a los clásicos.  La novelita está muy manoseada y marcada para no repetir su alquiler. Las cambiábamos en puestecillos de la Bomba, del barrio de San Matías o de la Cuesta de San Gregorio.  Ayer por la mañana publiqué la segunda portada: la del Catecismo de la Doctrina Cristiana de Ripalda, un opusculito al que tengo que agradecer mi radical despego de catecismos y libros de autoayuda y desarrollo personal.  Aunque confieso que alguno de ellos –concretamente, el Manifiesto programa del PCE-  incluso terminé explicándoselo a los camaradas de la Campiña montillana, cuando -cosa rara en España- muchos partidos se pusieron de acuerdo para hacer una transición sin muertos ni venganzas. Pero lo hice sin vocación y sin entusiasmo, asépticamente, pero con las técnicas pedagógicas más avanzadas. Quizá me ayudó a no ponerme estupendo y a respetar al adversario político (¡no había otra!), una novelita deliciosa que leí en el internado, debajo de las mantas de la cama, alumbrado por una linterna. Era la historia de un alcalde comunista y de un cura que hacían lo posible por llevarse las almas y los votos a sus cielos particulares, pero en una “entente cordiale”. Hoy, debilitado el canon literario y desaparecida la censura eclesiástica, los lectores no se han inclinado por Góngora ni por Quevedo, sino por best sellers llenos de sexo, jacuzzis y velas. Se lee fuera del tiesto, pero se lee bastante más que hace 50 años. Urge volver a la escasez. Prohibir los clásicos;  y los chicos los leerán cautelosamente bajo la colcha, con miedo y delectación. Ya estamos viendo en Cataluña cómo prohibir el referéndum está contribuyendo a la multiplicación de los independentistas. Prohibir los libros canónicos disparará su lectura.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Ataques a los sentimientos lógicos de la gente

Dios, pasando
(Al alimón, Miguel Ángel Buonarrotti y M.A. Barrera Maturana)
Dios es mucho más inteligente de lo que yo creía. Lo ha demostrado renunciando a defenderse a sí mismo de los ataques de un particular, Willy Toledo, y dejando que lo haga un bufete madrileño de abogados cristianos. Ni siquiera ha recurrido a sus defensores naturales, los juristas vaticanos, que le hubieran salido más baratos. De hecho, dios es muy de mensajeros, muy de matones, de verdugos, de cruzados, de mártires, de sicarios. De legisladores, de jueces, de fiscales que le hacen el trabajo sucio, pero él no se persona a la hora de encender la hoguera, de tajar un pescuezo, de poner una multa. No busquen ustedes a dios, cuando los hinchas de un equipo blasfeman tras perder sus colores un partido. Ni entre los heridos o moribundos que maldicen en el campo de batalla, frustrados -vencedores y vencidos- porque sus misas y sus ofrendas no los han protegido del dolor o de la muerte. Es más, las blasfemias muy elaboradas dios casi nunca las castiga, porque los chivatos que le suelen ir con el cuento o no se enteran de lo que quiere decir el blasfemo o son ellos mismos los que, disfrazados de poetas o de teólogos, perpetraron las ofensas. A parte de que dios es una persona bastante lógica y no tiene muy claro (que lo tengo yo hablado con él) si después de la Ilustración -que consagra la relación causa y efecto para explicar muchas de las cosas que nos pasan-, lo de ofender los sentimientos religiosos de los creyentes no debería de ir acompañado de un ilícito penal simétrico que se ocupara de sancionar las ofensas a los sentimientos lógicos de los ciudadanos: 14 € de multa por sostener que la Tierra es plana; 32 € de multa por seguir sustentando que nos fabricó un dios alfarero con barro en lugar de ser el producto de un trabajoso y dilatado proceso evolutivo. ¿Y por qué no se multa a cualquier penitente que fuera de temporada le dé por pasear a sus titulares y manchar el pavimento de cera? ¿Qué menos que 2,50 € por batacazo de paseante? Es muy fácil castigar las blasfemias de arriero de Willy Toledo, pero a ver quién se atreve con los munícipes que condecoran a las múltiples advocaciones que la madre de dios recibe en toda la cristiandad, siendo ella, como es, una única persona. Porque si hay algo cierto e incontrovertible es que madres, y en esto el altísimo no es una excepción, no tenemos más que una.

sábado, 22 de septiembre de 2018

El autoplagio de Yhavé

Adán y Eva (G.Doré)
A día de hoy no sé con exactitud qué es peor si plagiar o autoplagiarse. El autor del Pentateuco, que ya casi nadie atribuye a Moisés, pone a Dios autoplagiándose. Si lo dijera yo, no sería cosa de creer, pero -¡un respeto!- que es el Génesis el que lo dice (1,26): "Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". Y la copia le salió tan mal que luego tuvo que mandar a su propio hijo a morir en un grano de materia cósmica (nuestro planeta) para arreglar el desaguisado. Porque copiar, a veces, entraña riesgos: los que arrostraron Bouvard y Pécuchet, los personajes que dan nombre a una novela de Flaubert. Bouvard y Pécuchet son tan semejantes que parecen copiados el uno del otro. Jubilados, se conocen en un parque de París y deciden dedicarse a copiar todas las enciclopedias que caen en sus manos y a poner en práctica lo que aprenden en ellas. Pero fracasan una y otra vez. La estupidez de Bouvard y Pécuchet, muy parecida a la de Don Quijote, consiste en su incapacidad para aprender de sus fracasos. La estupidez del dios de la Biblia consistiría en la solución tan estrambótica que activó para arreglar la mala copia que había hecho de sí mismo. ¡Nada más y nada menos que inmolarse en una cruz! Siendo omnipotente, pienso, le hubiera resultado menos gravoso arreglar el hardware y el software de Adán y Eva, y el de su estirpe, para que se parecieran más a él. Hacernos inmortales, todopoderosos, omniscientes, y todo eso. Bouvard y Pécuchet, hartos de tantos fracasos, deciden ahorcarse un 24 de diciembre en el desván de su casa. Pero, al darse cuenta de que no han hecho testamento, desisten. Y vuelven, tras algún fracaso más, al sosiego de su antiguo oficio: copiar. Para ello, compran papel usado al peso y copian metódicamente todo lo impreso. Compone Flaubert, con esta novela, un relato de anticipación. Se malició que la copia, como estamos viendo en nuestros días, sería el problema de los siglos venideros: el cortar y pegar. A veces me sucede como al mismo Flaubert -según dejó escrito- que me siento tan lleno de Bouvard y Pécuchet que he terminado siendo como ellos. Su estupidez -la estupidez de todos nosotros- que no paramos de cortar y pegar, es la mía y esto me inquieta y me frustra sobremanera porque me gustaría -como reclaman muchos adolescentes- "ser yo mismo". No una copia.

domingo, 16 de septiembre de 2018

El mercadillo de la sabiduría

Mercadillo peruano
Foto de
La Universidad de Salamanca es la más antigua de España y del mundo hispánico y la tercera más antigua de Europa. En la fachada de uno de sus edificios figura este lema: Quod natura non dat, Salmantica non præstat; una enciclopedia me informa de que este proverbio latino significa que una universidad no puede darle a nadie lo que le negó la naturaleza: ni la inteligencia ni la memoria ni la capacidad de aprendizaje. Aunque Góngora, en su letrilla Dineros son calidad, da a entender que, si no esas cualidades, sí te puede dar un título para que finjas tenerlas: "Todo se vende este día […]; / hasta la sabiduría / vende la Universidad", escribe el cordobés. Los votos también conceden títulos por la cara. No sé cómo soportan los alumnos, que estudian y asisten a clase, que los políticos reciban estas regalías. Si te pillan, como ha sucedido con Montón, y dimites, tienes asegurada una gloria momentánea. Tus compañeros hablaran de tu honradez y valentía. Feministas desnortadas y hasta el presidente Sánchez han salido a defenderla con argumentos parecidos a los que esgrimió la maleducada Serena Williams para justificar su derrota en el Open Usa o a los que usó ABC para honrar, tras su muerte, la figura de ministro de Franco Fernández de la Mora. El diario monárquico definió así su trayectoria como ministro de Obras Públicas: "Dobló los créditos presupuestarios para carreteras y terminó el acondicionamiento de la red principal, elaboró la Ley General de Autopistas (adjudicando 1.500 kilómetros), redujo al mínimo el déficit de Renfe e inició la construcción de la gran estación ferroviaria de Chamartín…". Sánchez ha plagiado el panegírico de ABC: "Carmen Montón está haciendo un trabajo como ministra de Sanidad extraordinario. En menos de 100 días se ha recuperado la universalidad de la sanidad pública. El pasado viernes incluso se puso en marcha la tramitación de una ley muy importante para este Gobierno como es la ley de lucha contra la violencia contra los menores. En definitiva, lo que está haciendo durante estos últimos meses es precisamente lo que se le pidió: revertir los recortes en la sanidad pública, recuperar y avanzar en derechos vinculados con la sanidad pública". Gonzalo Fernández justificaba al franquismo por sus obras. Sánchez, las engañifas de Montón, por su trabajo. Ahí se andan los dos.

viernes, 14 de septiembre de 2018

El mercadillo de la sabiduría

La Universidad de Salamanca es la más antigua de España y del mundo hispánico y la tercera más antigua de Europa. En la fachada de uno de sus edificios figura este lema: Quod natura non dat, Salmantica non præstat; una enciclopedia me informa de que este proverbio latino significa que una universidad no puede darle a nadie lo que le negó la naturaleza: ni la inteligencia ni la memoria ni la capacidad de aprendizaje. Aunque Góngora, en su letrilla Dineros son calidad, da a entender que, si no esas cualidades, sí te puede dar un título para que finjas tenerlas: "Todo se vende este día […]; / hasta la sabiduría / vende la Universidad", escribe el cordobés. Los votos también conceden títulos por la cara. No sé cómo soportan los alumnos, que estudian y asisten a clase, que los políticos reciban estas regalías. Si te pillan, como ha sucedido con Montón, y dimites, tienes asegurada una gloria momentánea. Tus compañeros hablaran de tu honradez y valentía. Feministas desnortadas y hasta el presidente Sánchez han salido a defenderla con argumentos parecidos a los que esgrimió la maleducada Serena Williams para justificar su derrota en el Open Usa o a los que usó ABC para honrar, tras su muerte, la figura de ministro de Franco Fernández de la Mora. El diario monárquico definió así su trayectoria como ministro de Obras Públicas: "Dobló los créditos presupuestarios para carreteras y terminó el acondicionamiento de la red principal, elaboró la Ley General de Autopistas (adjudicando 1.500 kilómetros), redujo al mínimo el déficit de Renfe e inició la construcción de la gran estación ferroviaria de Chamartín…". Sánchez ha plagiado el panegírico de ABC: "Carmen Montón está haciendo un trabajo como ministra de Sanidad extraordinario. En menos de 100 días se ha recuperado la universalidad de la sanidad pública. El pasado viernes incluso se puso en marcha la tramitación de una ley muy importante para este Gobierno como es la ley de lucha contra la violencia contra los menores. En definitiva, lo que está haciendo durante estos últimos meses es precisamente lo que se le pidió: revertir los recortes en la sanidad pública, recuperar y avanzar en derechos vinculados con la sanidad pública". Gonzalo Fernández justificaba al franquismo por sus obras. Sánchez, las engañifas de Montón, por su trabajo. Ahí se andan los dos.

domingo, 26 de agosto de 2018

Hitler, sí. Franco, no. ¿Por qué?

¿Por qué los alemanes ajustaron cuentas con el nazismo y a los españoles nos está costando tanto erradicar al franquismo? Hitler, sus compinches activos, sus cómplices silenciosos, y los que hubieran heredado su botín, de haber ganado la guerra, fueron vencidos. Los que le sobrevivieron corrieron a lavarse la macha de su mayor o menor contribución al Holocausto en las fuentes de las Democracias. Franco y su panda ganaron la Guerra Civil y los herederos no quieren soltar la presa. De hecho no la han soltado y se han servido de la carencial democracia española para seguir disfrutando de la finca y exprimiéndola, con la ayuda del "buen pueblo español" que, en lugar de seguir a Cañamero, prefirió hacer oposiciones para que, engominados, los invitaran a las bodas escurialenses de sus líderes y lucir ese horrendo tocado femenino que se llama pamela. Los pobres del mundo se alzaron para disfrutar también de la bonanza. Tenían argumentos: "Ellos llevan robando toda la vida, ¿ por qué no vamos a poder hacerlo ahora nosotros?". Ahora los fanáticos linchadores de siempre, sacos de odio, que se apuntan a cualquier ejecución o algarada, piden, necesitan, otra guerra. Esto son los peligrosos. Nadie les dará nada cuando el pueblo llano, después de la última batalla, vencedores y vencidos, pase hambre. Ellos, sin dinero, sin beneficio, sin recompensa -porque los amos no pagan suficientemente a los traidores-, con el cartel de verdugos clavado en la espalda de por vida, habrán hecho el trabajo sucio de los depredadores. Les quedará la nostalgia del poder del que disfrutaron como asesinos a sueldo. El haberse sentido dioses de la muerte, viendo la cara de espanto de sus víctimas.