jueves, 16 de agosto de 2018

Terrores médicos


Oficio de mujeres
En los cenobios teresianos aparece esta leyenda: “En la casa de Teresa, esta ciencia se profesa: o no hablar o hablar de Dios”. En la sede de la Conferencia Episcopal podría figurar este otro lema: “En la casa de Dios: o no hablar o hablar de sexo”. Me gustaría ser obispo para poder hablar de sexo con la profundidad y el conocimiento con el que se pronuncian ciertos prelados sobre este asunto. O ser experto: sicólogo, terapeuta o ginecólogo, para extenderme en explicaciones sobre un tema tan escabroso, espinoso y difícil, sin recibir un varapalo. La irrupción de los expertos, es decir, de científicos varones, en lo que era un dominio femenino –el cuidado del hogar, la salud de la familia, el embarazo, el parto y la logística del sexo- ha sido uno de los hechos más destacados del último siglo y medio. La coartada de la ciencia sirvió para desalojar a las mujeres de ámbitos que tradicionalmente controlaban. Al no ser yo experto, carezco de coartada, aunque me gusta, como a todo el mundo, hablar de las dos cosas más jugosas de la vida: el sexo y la comida. Y sobre todo, me gusta señalar, aunque moleste, las diferencias entre el deseo del hombre y el de la mujer. Si lo haces en una tertulia -lo he comprobado- se produce un ominoso silencio y de inmediato el moderador introduce otro tema. De lo que estoy convencido es de que, después de 150 años de dominio de los expertos varones sobre el cuerpo de la mujer, ésta todavía no lo lleva con naturalidad. Tengo un doble en Granada, al que no conozco, pero con el que me confunden muchas mujeres. Es ginecólogo. En dos comercios de la provincia, una ferretería y una tienda de deportes, las dueñas me han confundido con su ginecólogo en presencia de sus maridos. Al negarlo yo, los maridos me han mirado mal, como si sospecharan que mi negativa se debe a que sus mujeres y yo ocultamos algo. El sábado, en la Redonda, una mujer me soltó: “Doctor, no me baja la regla”. Cuando le dije que yo no era su ginecólogo, no me creyó y me miró con tremenda desconfianza. Esta confusión me ha llevado a pensar que las mujeres, avergonzadas todavía cuando se someten a la pesquisa de su ginecólogo, no lo miran a la cara. Por eso lo confunden con cualquiera que vaya en una chopper, de estructura corporal sólida y con barba. Normal, todavía no me he quedado con la cara de mi dermatóloga.

jueves, 9 de agosto de 2018

Algoritmo de salvación

Huyendo de la quema
En España no es costumbre leer la Biblia. Ni siquiera lo hacen los que se declaran católicos a machamartillo. Sí se la saben un chico joven y un anciano que suelen visitarme para explicármela. Y yo, arrogante, los despido asegurándoles que con la lectura de las espléndidas aclaraciones de la Nueva Biblia Española de Schökel y Mateos, que me regaló uno de sus traductores, me basta. El capítulo 18 del Génesis es tan transparente que los traductores de la Nueva Biblia no han necesitado de notas explicativas. En él,  Abrahán recrimina al Señor que vaya a quemar Sodoma y Gomorra sin tener en cuenta que en estas ciudades pueden habitar personas inocentes que no merezcan un castigo tan atroz. Entonces, Dios y Abrahán discuten sobre cuál ha de ser el algoritmo de la destrucción / salvación: ¿cuantos justos, habitantes de esas ciudades malditas, se necesitarían para salvarlas de la ira del Señor?  Yavé, en esta ocasión, se muestra muy condescendiente con el patriarca y no lo manda a hacer puñetas directamente e, incluso, lo acepta como tertuliano. Le comunica que en Sodoma y Gomorra -según sus "confites"- los botellones, los sanfermines, las fornicaciones, las violaciones, la pederastia sacerdotal, las falsificaciones en documento público, los cohechos, prevaricaciones y latrocinios, son tantos que no va a tener más remedio que meterles yesca a las dos ciudades. Y que va a bajar a ver si realmente responden o no a la realidad los chivatazos que ha recibido. Abrahán discute con el Señor porque no está de acuerdo con que paguen justos por pecadores. Porque el Señor del Antiguo Testamento era mucho de linchamientos y de arrasar con todo. El patriarca en este capítulo defiende la individualización de los delitos y de las correspondientes penas con la brillantez de un abogado de bufete de postín. Se encara con el Altísimo y con gran descaro le pregunta: "¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable?". Comienza un tira y afloja entre los dos y Yavé termina aceptando suspender el castigo si aparecen sólo 10 justos. El PP está a punto de arder en los juzgados, como Sodoma y Gomorra, y no hay forma de encontrar ni siquiera un justo, libre de cualquier imputación. A Sebastián Pérez, el ambicioso político granadino, le vendría bien que la cosa se resolviese por escalafón y no por algoritmos. Con esta fórmula le podría tocar la presidencia nacional de su partido. Para Granada, de fábula, porque no habría en la vida nada como la pena de tener a S. Pérez de alcalde en Granada.

viernes, 3 de agosto de 2018

Linchamientos, S.A.

Multitud
La anemia democrática actual va camino de convertirse en anomia. San Juan de la Cruz, en un dibujo que pintó para ilustrar su Subida al Monte Carmelo, explica lo que es la 'anomia'. En la cima del Monte escribe: "Ya por aquí no hay camino, porque para el justo no hay ley; él para sí se es ley". El místico, cuando alcanza la perfección, pasa de las leyes. En nuestra depauperada democracia los miembros de los tres poderes del Estado -los perfectos- se lo vienen montando en plan místico y, aunque obligan a los demás a cumplir los artículos constitucionales (como Juan de la Cruz obligaba a sus novicios del Carmen de los Mártires a respetar las reglas), ellos se saltan los más benéficos. Los que podrían contribuir a hacer más felices a los ciudadanos. La desafección por el sistema político y por las leyes que lo sustentan está alcanzando cotas preocupantes. Nuestra sociedad sufre de anomia grave: cada individuo es juez, legislador y policía. La ley está siendo sustituida por un concepto más nebuloso, más antiguo, el de mancha. Grupos enteros de personas, sin ser juzgados, sin ser condenados, son estigmatizados y se pinta en las puertas de sus casas, de sus familias, de sus vidas, de su reputación una mancha que los delata; y pasan, de ser ciudadanos, a ser reos. El concepto de mancha es religioso, un trasunto del pecado original. Por ejemplo: todos los hombres, en principio, y hasta que no demuestren lo contrario, están manchados por el estigma de la violación, de los malos tratos, de la arrogancia, del abuso, de la imposición. En Cataluña, a los no independentistas, les puede pasar de todo, sin que nadie mueva un dedo. Chuzos de punta pueden llover sobre los independentistas, y no habrá un españolista que se interponga. Los negros, los emigrantes, los homosexuales, los transexuales, los mendigos, los que miran mal a un gato, los que se zampan una hamburguesa, los que beben jumilla: sucios, manchados, condenados. En situaciones de anomia, como la que vivimos, sobran tribunales, abogados, jueces y aguacilillos. Todos terminaremos linchados por algún delito que nunca cometimos. Llegará un momento en el que, antes de salir a la calle, habremos de mirar si alguien en nuestra puerta ha dibujado con brocha gorda la mancha que nos llevará al patíbulo. Sin juicio previo.

domingo, 29 de julio de 2018

Juana -Rivas- de Arco

Juana Rivas, como la de Arco, ha ardido en la hoguera que le prepararon sus congéneres, ignorantes y aprovechados.
Convierten a las personas en objetos consumibles en sus pretendidas luchas progresistas. Cuando las buenas causas las cogen en sus manos desalmados, las ensucian y las desvirtúan. Las leyes son malas, los fiscales, incompetentes y machistas, los jueces parciales; de acuerdo: echémosles una Juana Rivas, para que la destrocen y así justificar nuestros empleos y nuestros sueldos, como consejeros, asesores, observadores, apesebrados y meapilas de las franquicias guais. ¡Juana indultada, una vez condenada! Y los que la usaron como un kleenex, condenados a prisión permanente no revisable. Y los legisladores a legislar, no a encabezar manifestaciones: que las manchan con su sucia aureola de incompetencia.

jueves, 19 de julio de 2018

Pliegue en una alfombra rusa

Academia de las Ciencias de la URRS

Uno de los métodos más severos de descontextualizar una obra de arte es meterla en un museo. Aunque no el más radical. Mao animaba a los jóvenes chinos a acabar con todas las obras de arte anteriores a la revolución, porque cualquier documento cultural era también un documento de barbarie, amasado con la sangre y el sudor  de los trabajadores. Pese a que Lenin se había opuesto a la destrucción del patrimonio cultural de la burguesía. Los talibanes destruyeron los budas gigantes de Bamiyan, el IS arrasó Palmira, en Siria.  En Europa,  los aviones norteamericanos arrojaban sus bombas desde 10.000 m sin tino ni precisión alguno para no ser alcanzados por las defensas antiaéreas alemanas. Destruyendo vidas, ciudades y todo vestigio cultural. El museo no extermina, conserva y muestra, pero desarraiga. Y, en inevitable alianza con el tiempo,  aleja las obras de arte del lugar en que fueron creadas. La museología, pese a todo, se esfuerza en acercar a los visitantes de esos mausoleos de la belleza los prodigios del pasado. Junto a cada uno de ellos, un cartel de metacrilato detalla autor, época y materiales que se utilizaron para producirlos. Audio guías, catálogos y vídeos intentan contextualizar los productos culturales que los siglos, las academias y el canon fueron subiendo al altar de la excelencia. Las visitas guiadas completan el proceso de acercamiento de la obra al espectador. Pero siempre hay algo que se escapa a catálogos y guías. En el Museo Ruso de Málaga, un visitante, ante un cuadro enorme de Vasili Yefánov, sorprende a la guía con una pregunta sobre una arruga de la alfombra que cubre el suelo del salón donde se celebra, en 1951,  una sesión de la Academia de las Ciencias de la URSS.  El Realismo Socialista  -al que está dedicada la exposición- dejaba poco sitio a la imaginación de los artistas rusos, vigilados y purgados, si no respetaban las directrices de los comisarios de Stalin. El pliegue, enfrentado a la compostura y envaramiento de los sabios académicos, rompe la solemnidad de la escena. La huella de un tropezón.  Quizá, lo más hermoso del cuadro. La firma irónica de un Yefánov que ha encontrado la forma de reírse del sátrapa. Volveré al Museo sólo para cerciorarme de si la hermosa guía rusa ha resuelto ya el enigma de esa arruga.  Y por volverla a ver.

lunes, 9 de julio de 2018

El que se fue a Bruselas perdió la Señera.

Pipa de porcelana
En La habitación cerrada, un cuento terrorífico de H. P. Lovecraft y August Derleth, el protagonista, Abner Whateley, acaba de heredar la casa de su abuelo por la que correteó asustado de niño. Nada más llegar a la mansión, ahora en ruinas, lo primero que hace es plantarse delante de la puerta de una habitación que nunca le dejaron visitar. "Ningún sonido de respiración", leemos, "ningún quejido le saludaba ahora, nada en absoluto mientras permanecía enfrente de ella, recordando, aún fascinado por la prohibición de su abuelo". Ciertas habitaciones de los cuentos de miedo son, como las pipas, los melones, las sandías o los huevos: estructuras cerradas que nos atraen porque parece como si en su interior se escondieran algún secreto o algún gozo. Herméticas y, en consecuencia, irresistibles, nos invitan a abrirlas o a profanarlas. Además de misteriosas, las clónicas pipas son para el artista Ai Weiwei (Pekín, 1957) una de las metáforas que explican nuestro tiempo: una época caracterizada por la copia frenética. Por la caída del canon, de los derechos de autor y de las academias, fumigadas por el "cortar y pegar". En 2010, Ai Weiwei cubrió el hall de la Tate Modern londinense, con 100 millones de pipas de porcelana, a modo de alfombra de 10 centímetros de espesor y 1.000 metros de superficie. Cuando algún escolar irrespetuoso e ignorante,  desobedeciendo las indicaciones de sus profesores, intentó hincarle el diente a una de estas pipas expuestas en la Tate, en busca del misterio que oculta en su interior, estropeó su gráfico de dentición. Imagino al ex presidente Puigdemont, proclamada la República Catalana, intentando volver a su despacho del Palau de la Generalitat; esa habitación cerrada por Torra, hasta su vuelta; donde Excálibur, pipa y espada de este nuevo Arturo, espera al prócer que ha de morderla y blandirla. Él cree que nadie ha profanado el recinto, en su ausencia y, decido a retomar el mando, se detiene ante la puerta; no puede resistir el deseo irrefrenable de penetrar en el recinto y hacerse con el cetro. Se para, aplica la oreja a la puerta, pide una llave a un conserje, rompe la cascara del huevo del poder, abre y se da de bruces con Torra, entronizado en el sillón presidencial, inamovible, "empoderado" para siempre. Sale desolado, cierra la puerta, y se pierde definitivamente donde habita el olvido.

jueves, 28 de junio de 2018

Votar en negro


Fouché, padre del espionaje moderno
A Pánfilo, un amigo jubilado, disruptivo y solitario, no le dejan votar en las primarias. Hasta esta tarde no he sabido que es uno de los  869.535 afiliados ectoplásmicos del PP. No sé por qué no me ha hablado antes de su militancia conservadora. Le recuerdo lo bien que se soportan un cura preconciliar y un alcalde comunista en la novela Don Camilo (1948) del escritor italiano Giovanni Guareschi. “Pánfilo, hubiéramos seguido siendo amigos”, le aseguro. Puestos, me abre su corazón y me cuenta que pensaba votar a Soraya Sáenz de Santamaría, pero que el detalle de plantar su bolso en el asiento de Rajoy, autoproclamándose heredera del trono vacante, mientras el presidente se refugiaba con unos amigos en un bar cercano del Congreso, el día de la moción de censura, no le había hecho gracia. Tampoco los rumores de que esta mujer es una especie de Fouché, el conspirador francés, inventor del espionaje moderno, que mandó a la guillotina al mismísimo Robespierre. También se dice que es la que maneja la ametralladora del fuego amigo dentro del PP. Parece que Rajoy tampoco sabía nada de esto y que la única queja que formuló contra ella, en las 8 horas que estuvo ausente de la Cámara, fue que Soraya había descuidado los asuntos de gobierno el último año porque se había vuelto a enamorar románticamente. La responsabilizaba de la derrota. No considera Pánfilo que una gran pasión justifique esa dejación de funciones. Le pongo ejemplos de algunas mujeres que abandonaron sus obligaciones, ciegas de amor: las protagonistas de novelas como Su único hijo, Madame Bovary o las 50 sombras de Grey. “Eso son novelas”, argumenta. “No te canses”, me comenta compungido, “de todas maneras no me permiten votar. Yo ya estaba decidido a hacerlo por uno de los seis candidatos del PP; la campaña de Wyoming, desde el Intermedio, a favor de Joserra, me había convencido. Pero me han dicho, en la sede que no pago las cuotas desde que Fraga se bañó en Palomares por lo de la bomba atómica. Y no me dejan. Me he cabreado. ¡Con lo ilusionante que me resulta este candidato! Además, ¡claro que pago las cuotas!, pero las vengo pagando en negro, como la mayor parte de los 869.535 afiliados volátiles del Partido Popular. Para no desentonar. Que se lo pregunten a Bárcenas. Debo de aparecer en alguno de sus papeles”.